El día 28 supo la señora Ignacia Martínez que el cadáver de su hijo llegaría á Mulitas, y salió á su encuentro.—«Yo estaba loca de dolor—me contaba. Lo ví venir en hombros de unos indios y escoltado por unos de á caballo. Subí á un coche y le seguí. En la garita de Belem cedieron á mis ruegos Alcalde y el «Huero» Medina para que me dejaran verlo, diciéndome:—«Pero sólo lo va usted á ver, nada más á ver.» Destaparon la caja, ¡ah! estaba hasta en paños menores.»

Esta venerable anciana, que contaba de edad ochenta años y recibía del Gobierno cien pesos mensuales de pensión, me decía en 1893:

—«Ahí, en ese armario, tengo la camisa ensangrentada que traía Leandro; pero hace treinta y dos años que no la veo; no quiero verla. Y ya él presentía su fin. Me contaron que cuando llegó al Monte de las Cruces, dijo:—«Me huele aquí á muerte»[18].

Angel Pola.

JOSE MARIA ARTEAGA
1827-1865

Llena toda la época del Imperio con su recuerdo, y el de su fin trágico aun hincha de odio y venganza el corazón de los mexicanos.

Sus biógrafos no han hecho más que encabezar editoriales con su ilustre nombre, considerando muy á la ligera la Intervención y el Imperio, sin referir absolutamente nada de su nacimiento, su niñez, su educación y su entrada en el ejército. Los bien informados escriben que fué general, gobernador y que murió pasado por las armas, dándole Aguascalientes por pueblo natal, y nada más. Uno hay, para colmo es el que le da por tener autoridad de biógrafo, que ha desempolvado gacetillas y entrefilets, y todo esto así remendado lo intitula biografía del general José María Arteaga, en un libraco cuyo enorme volumen está en relación directa de la inexactitud y la carencia de datos.

El general José María Arteaga no nació en Aguascalientes, como aseguran los historiadores, sino en México, el 7 de Agosto de 1827. Sus padres fueron don Manuel Arteaga, militar humilde, á quien le picaban mucho los puntos de honra, y doña Apolonia Magallanes, toda una señora entregada al trabajo y cuidado de sus hijos. Don Manuel se retiró á la ciudad de Aguascalientes y abrió una tienda de comercio al por menor, para poder pasar la vida. Hasta 1836, José María, que era el primogénito, no tuvo otro mundo que la tienda y la escuela del señor Ignacio Islas, «hombre sabio y honrado que le infundió buenas máximas y buena educación.» Entonces el gobierno dispuso que don Manuel partiese á San Luis Potosí á prestar sus servicios como militar. Al año falleció y la familia tuvo que regresar.

Desamparada y pobre, cifró sus esperanzas en José María, ya de edad de diez años, que quiso aprender el oficio de sastre en el taller de don Pedro Magallanes, hermano de su madre. Más tarde pasó á ser dependiente de la tienda de comercio del señor José Rangel. El año de 1848, al pronunciarse en Aguascalientes contra los tratados de Guadalupe el general Mariano Paredes, el licenciado Manuel Doblado y el presbítero Celedonio Domeco de Jarauta, Arteaga brincó el mostrador y formó en las filas de la Guardia Nacional, de ayudante abanderado. Su madre se opuso, intentó volverle á la tienda, movió influencias para que desistiera: todo fué infructuoso; no pudo variar la determinación de su hijo. Las tropas marcharon á Guanajuato, tomaron la plaza y al cabo de mes y tres días fueron derrotadas por las del gobierno que mandaban los generales Anastasio Bustamante y Manuel María Lombardini. Los vencidos habían dado pruebas de valor y hasta de arrojo. Arteaga dejó la bandera depositada en una iglesia y regresó disperso al hogar, donde lloraba desesperada la autora de sus días.