Le miraban los ojos de los fusiles, cuando volvió la cara y advirtió á uno de los soldados que se le había caído la cápsula, de su fusil.
Efectivamente, así había sucedido.
Terminada la ejecución, Márquez mandó colgar el cadáver en un árbol. Ratificaba la promesa hecha en Tacubaya, el inolvidable 11 de Abril: «Estos jóvenes de valor y de talento son los que necesitamos hacer desaparecer.»
Una bonita acción: Luis Alvarez, ayudante de Leandro Valle, se salvó porque á su padre, don Melchor Alvarez, debía toda su educación Márquez.
Sabidas las noticias del desastre en México, el general Felipe Berriozábal, dispuso en Toluca que el coronel Tomás O’Horán, al mando de un piquete de tropa, fuera á buscar el cadáver de Leandro Valle. Pendiente de un árbol del camino estaba con este letrero á los pies: «JEFE DEL COMITÉ DE SALUD PÚBLICA,» y cerca, en la misma postura, el cadáver de su ayudante Aquiles Collín[17]. Bajo éste, un perrito que le acompañó siempre en campaña, rascaba la tierra y aullaba con la mirada fija en los restos de su amo. El perrito fué á parar en poder de la señora Isabel Ochoa, esposa del general Berriozábal, que vivía en Toluca. A los cinco días desapareció, y mandado buscar, lo hallaron en el Monte de las Cruces, debajo del árbol en que suspendieron á Collín: aullaba, rascaba la tierra y miraba lastimosamente arriba. Llevado de nuevo á la familia, huyó á los pocos días; pero esta vez fué hallado muerto bajo el mismo árbol en que había estado pendiente el cadáver.
Collín ofrendó su vida á la lealtad: había escapado, pero al saber que Leandro Valle había caído prisionero, regresó al campo del combate.
—Quién es ése?—dicen que preguntó Márquez.
Collín, acercándose, contestó:
—Soy Aquiles Collín, ayudante del general Leandro Valle; supe que mi jefe había caído prisionero, y vengo á correr la misma suerte que él.
—Fusílenlo—dijo Márquez á los suyos.