—No, no me confieso.
El capellán insistió, acercándosele, cubriéndole con su manteo (comenzaba á gotear) y hablándole al oído para convencerle.
—Estamos perdiendo el tiempo, padre; ustedes tienen que hacer.
Valle se descolgó un «bejuco» de oro y el relicario que su madre le había puesto, y dijo á uno de tantos:
—Le suplico que entregue usted á la señora Ignacia Martínez, este bejuco y este relicario, que no es muy milagroso.
Sacó de sus bolsillos el dinero que tenía y lo puso en manos del capitán para que lo repartiera entre los soldados que lo iban á fusilar.
Como viera que le apuntaban por las espaldas, manifestó indignado:
—Por qué me han de fusilar por detrás, si no soy traidor.
Supo que la orden era terminante, y entonces dió las espaldas al pelotón, diciendo:
—Lo mismo da morir por delante que por detrás.