Había defendido á Santos Degollado cuando estaba en el banquillo del acusado y le veían con malos ojos algunos del poder; y no sólamente hizo su defensa, sino que aun llegó á postularle para presidente de la República.
Apenas estuvo en el Estado, ascendió á general de división y le declararon benemérito de la patria. Organizó fuerzas para resistir á los franceses que hermanados con los conservadores se dirigían á Puebla. Desocupado México por el gobierno de Juárez, á causa de la capitulación de Puebla, Arteaga y los otros jefes republicanos protegieron su retirada, procurando defender á todo trance el terreno que iban invadiendo los extranjeros y los traidores, y ministrar á Juárez los recursos indispensables para el sostén y el funcionamiento regular de su administración, aunque fuese ambulante.
El 3 de Enero de 1864, habiendo Arteaga llegado á ser gobernador de Jalisco, hacía una retirada al Sur del Estado, y unas veces avanzaba y otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en jefe del ejército del Centro, por nombramiento de don Benito hecho desde Paso del Norte. No obstante su alta posición, llevaba una vida de pobre. Su honradez fué tal siendo gobernador de Querétaro, que salió como había entrado, atenido á su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una vez se le presentó el director de las escuelas manifestando que carecían de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dió los doscientos por orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo á su ayudante Jacinto Hernández:—Dile á Jiménez que me preste cincuenta pesos por este reloj.
Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con que acudía á él, y la cantidad que ahora le pedía iba á servir para los gastos indispensables de su casa. Otra vez, don Cenobio Díaz indujo á la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, á que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la casa de ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó Arteaga:—Qué, ¿dar poder yo? qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria, y no que digan algún día, al verla con lujo: sí, está rica, porque su padre robó cuando fué gobernador del Estado.
Cuando fué herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa número 16 de la 1ª calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció dieciseis mil pesos.—No, señor, contestó; no recibo nada: mi tropa sí los necesita; yo puedo vivir como quiera. En Michoacán, de jefe de las tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A mediados de 1855, huyendo del 4.º de caballería de Wenceslao Santa Cruz que los perseguía, los suyos le dieron por muerto al caer con caballo y todo en un barranco. Afortunadamente á medio declive la banda de general se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa siguió hacia Tacámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al siguiente día, halló vivo á su general, le condujo á la Hacienda de Chopis y se agregó á la fuerza.
Una desavenencia le tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la organización de la tropa con que debían hacer frente á Méndez. Arteaga era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El calendario señalaba el 20 de Septiembre. El 4 de Octubre pasaron revista á las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez á atacar la ciudad con 1,500 hombres. Los republicanos la desocuparon á la una de la tarde y tomaron camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras habían partido á distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los mil cuatrocientos soldados de Arteaga llegaron bien.
El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo, y emprendieron la retirada á Santa Ana Amatlán, llegando el 13. Sin embargo de que Méndez les pisaba los talones, ahí descansaron muy confiados, porque Pedro Tapia, con un piquete, cubría la cuesta, único camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar á Amatlán, y Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las once y media de la mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de repente oyóse en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! y unos tiros. El teniente Amado Rangel[19], con cincuenta hombres, entrando por la cañada, había sorprendido á la fuerza republicana.
—¿Qué pasa, preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.—El enemigo, mi general.—¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus exploradores!......—Que Dios salve á usted, mi general.
En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruápan en $3,000 por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron prisionero fué á Arteaga; dos soldados le conducían; Rangel le salió al encuentro, se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:—Mi general.—Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero, en camisa.
Rangel dió órdenes para que trajeran lo que le faltaba al ilustre prisionero. Y le manifestó: Señor, yo mando; no se aflija usted, porque ante mí á nadie se mata; al contrario, usted dispone de todos mis elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.—No, hijo; déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no vuelve.