A las dos de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez, al grito de ¡viva el Imperio!
Arteaga, demudado, dijo á Rangel: Ahí vienen los tuyos.—Ya usted ve; tiempo tuvimos.—Lo que siento es que este Capulín[20] me fusile.—Pues no, señor, no lo fusilará.
La verdad es que Amado Rangel quería pasarse á los liberales; pero éstos prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos.
Rangel fué á encontrar á los suyos.—¡Alto! gritó á las tropas que avanzaban á escape.—¿Qué hay, Rangel? preguntó Méndez.—Que ya no corran: hemos tenido completo triunfo: Arteaga está prisionero.—¡Cómo, hombre?—Sí, señor.—¿Arteaga? ¿el general Arteaga?—Sí, señor.—Pero, ¿lo has visto?—Sí, señor.—¿Lo conoces?—Sí, señor.—Rangel, es usted capitán!, exclamó Méndez saliendo de su asombro.
Méndez, al redactar el parte oficial de la Victoria[21], prometió á Rangel, ante don Gabriel Chicoy y el señor Juan Berna, que no fusilaría á ninguno de los prisioneros. El diálogo no deja de ser interesante: Señor, vengo á pedirle un favor.—¿Qué quieres, Rangel?—Nada, señor, que no fusile usted á ninguno de los prisioneros.—Lo que debes hacer es no meterte á defender á esos caballeros; lo que debías haber hecho era fusilarlos en el momento que los cogiste prisioneros, no que todo se lo dejan á uno.—Como había de hacer eso si los cogí descuidados.
Rangel dió la vuelta, y cuando iba como á diez pasos, Méndez le llamó: Rangel.—Mande usted, señor.—Vaya usted sin cuidado: nada se les hará.
Al llegar á Uruapan, Méndez recibió cartas del general Osmont, Bazaine y Maximiliano en que le ordenaban que fusilara á todos los prisioneros. Juan Berna se oponía, haciéndole palpar la monstruosidad á Méndez; y el español Wenceslao Santa Cruz lo tentaba á que cumpliera fielmente las órdenes superiores; después de mucho cavilar, Méndez sujetó á la Corte Marcial á cinco de los principales: Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz Paracho y Juan González. Arteaga, la víspera de la ejecución, envió á su madre la siguiente carta que expurgada de erratas se publica por primera vez: «Uruapan, 20 de Octubre de 1865.—Señora doña Apolonia Magallanes de Arteaga.—Mi adorada madre:—El 13 de Septiembre he sido hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré decapitado; ruego á usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad he seguido la carrera de las armas. Por más que he procurado auxiliar á usted, no he tenido recursos con que hacerlo, si no fué lo que en Abril le mandé; pero queda Dios que no dejará perecer á vd. y á mi hermanita la yanquita Trinidad. Porque no fuera á morirse de dolor, no le había participado la muerte de mi hermano Luis, que acaeció en Túxpan en los primeros días de Enero del año pasado. Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto á que nada de lo ajeno me he tomado, y tengo fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria. Muero como cristiano y me despido de vd., de Dolores y de toda la familia, como su más obediente hijo—Q. B. S. P.—José María Arteaga.»
El coronel Wenceslao Santa Cruz mandó el cuadro de la ejecución, el día 21, á la espalda del Parián[22]. Al ser formados para la descarga los cinco patriotas, todos demostraron entereza. Arteaga dijo: «Muero defendiendo la integridad de mi patria, no como general, sino como ciudadano.» A los pocos días la señora Magallanes recibía un reloj, un real y otra carta del mártir, en la que le decía: «Es el único patrimonio que le dejo, defendiendo á mi patria.» El Supremo Gobierno Federal quiso honrar la memoria de Arteaga, trayendo sus restos á esta capital, para que reposaran en el Panteón de San Fernando; pero no son los verdaderos: esos reposan todavía en Uruapan; así lo asegura el único que les dió sepultura, Angel Frías, hijo natural del mártir.
Ningún fundamento parece tener esta afirmación tan rotunda, pues después del fusilamiento de Arteaga, Salazar, Villagómez y González (los indígenas de Paracho se llevaron á Díaz envuelto en una bandera), los señores Ramón Farías, Tomás Torres y Rafael Rodríguez, éste como presidente del Ayuntamiento, recogieron los cadáveres para velarlos en la capilla del Santo Sepulcro y darles sepultura en uno de los ángulos del cementerio del barrio de San Juan Evangelista. Al acordar el Supremo Gobierno la traslación de los restos de Arteaga y Salazar al Panteón de San Fernando, dos personas de las que les dieron sepultura presenciaron la exhumación, acompañadas de los doctores Manuel Reyes, Braulio Moreno y Teodoro Wenceslao Herrera. Aún tenían intactas las ropas y éllas hacían palpable la identidad[23].
Angel Pola.