CARLOS SALAZAR
1832-1865

Harapienta, demacrada y muerta de hambre, la hermana que le sobrevivía vagaba calle arriba y calle abajo por el barrio de la Merced, de esta Capital, sin que ninguno la diera de caridad un rincón cualquiera para dormir. La infeliz, puestas en fuga sus esperanzas por la mala suerte que iba tras élla, había tocado un último recurso: que su marido mendigase un empleo de puerta en puerta, cerca de los que consideraba sus parientes. Un día, después de llamar mucho, le abrió sus puertas don Luis Salazar, tío del General; pero élla no volvió por segunda vez, á pesar de salirle al encuentro la promesa. La muerte, más compasiva que el pariente, al ver á los esposos extenuados de hambre y frío, quiso que descansaran y se apresuró á abrirles sus lóbregas fauces.

De su frondoso árbol genealógico, que la fatalidad ha ido podando con saña implacable, no quedan sino ramas lejanas, casi ingertos, sin la savia del tronco. Hasta un renuevo, su hija Carlota, no vive ya. Ni recuerdos hay del capitán Benito Salazar, íntegro empleado de la Aduana de Matamoros, padre de Carlos.

Doña Tecla Preciado cuenta que nació el valiente republicano en Matamoros, Tamaulipas, por el año 1832, pues que de la misma edad era ella. El muchacho parecía el mismísimo demonio por sus peligrosas travesuras.—«Cree usted, me decía la señora, que de milagro vivía, porque una vez en el puerto le tiró de la cola al caballo del capitán y le dió tal coz en la frente que se la abrió. Toda la vida le duró la cicatriz.»

De ocho años vino á México y le pusieron en una escuela particular católica, porque sus padres, y más don Benito que su madre la señora Merced Ruiz de Castañeda, eran antes que todo católicos devotos. Primero que nada, Carlos debía aprender el Ripalda para que pudiese lograr la gracia, de rodillas en el confesionario; á renglón seguido, vendrían como muy secundarias una poquita de Gramática, las cuatro reglas de la Aritmética y otras unturas de materias que constituían la instrucción primaria en aquella época.

Realizado su sueño dorado (desde pequeño fué de su agrado la milicia), entró en el Colegio Militar. Miramón y Leandro Valle estudiaron con él y fueron condiscípulos y buenos amigos. La identidad de ideas políticas y religiosas de Miramón y él, dejaban pronosticar que juntos andarían la misma senda al entrar en la vida pública. El pronóstico tenía fundamento: para Carlos, ya de edad en que los años dan ideas propias y fijas, era imposible que el domingo dejara de oir misa y tuviera cubierta la cabeza al tropezar en la calle con un sacerdote: era herejía y sobrado pecado para ir al infierno.

El año 1847, días antes de la batalla de Churubusco, de cadete en el Colegio Militar, pidió permiso para luchar contra los norteamericanos bajo las órdenes de don Leonardo Márquez, el célebre general conservador y famoso imperialista. Con tal arrojo peleó,—porque arrojo más que valor era y fué siempre el suyo, originado por su mucho patriotismo,—que fué herido en una pierna. Le levantaron del campo de batalla al día siguiente de librada. Esto le valió una medalla y el ascenso á subteniente.

Durante el belicoso y despótico gobierno de Santa-Anna, el gobierno honrado de Herrera y Arista y el efímero de don Juan Bautista Ceballos y de Lombardini, no mostró en sus actos de militar, si bien tenía un grado inferior, la menor señal de su republicanismo y liberalismo, que andando los sucesos le hicieron simpático y lo allegaron numerosos partidarios, haciéndole figurar como jefe de una gran facción de Michoacán. En este tiempo pasaba por beato rematado, que arrastraba espada por deber de la carrera. Sabían sus parientes, quienes le llamaban el Chino y vivía con ellos en la casa número 4 de la calle de San Ramón, que no dejaba pasar viernes ni día primero de mes sin ir á ver á la Virgen de la Soledad y oir misa para sola ella. En medio de su religiosidad resaltaba su odio al despotismo, emanara de donde emanase. Tal vez esto fué causa de que yendo en fila cerrada al Sur para combatir el plan de Ayutla y siendo derrotado, hiciera suyas con entusiasmo, como segundo ayudante del primer batallón activo de Querétaro, todas las ideas imbíbitas en el plan y tuviese mayores bríos para sostenerlas sin ser presa del desaliento, no obstante las dificultades que parecían insuperables á sus sostenedores. Victorioso el plan de Ayutla, por el que peleó desde la toma de Nusco basta la llegada de Comonfort y Alvarez á Cuernavaca, fué por sus méritos militares comandante del Cuerpo de Tehuantepec.

Durante parte de la guerra de tres años, tuvo en México la comisión del partido republicano, unido á los señores Anastasio Zerecero, Julián Herrera, coronel Jesús Ocampo y doña Luciana Baz, de proveer de recursos á las tropas liberales que atacaban los principios reaccionarios. La desempeñó con buen éxito á pesar de los peligros de que estaba rodeado. Un día le sorprendió el mismo Miramón en persona en junta secreta con otros liberales en una casa de por las calles del Reloj.—Conque conspiras? Ahora no me lo negarás, le dijo Miramón encarándosele.—Estamos en plática pacífica de amigos.—Conque en plática, eh?, y á puertas cerradas, y todos ustedes liberales. Estás preso por ahora.