Ese mismo día en la mañana, de camino Méndez para Santa Ana Amatlán, vió las huellas de la tropa republicana y exclamó: «Adelante, muchachos; el que agarre á Arteaga y Salazar tiene una talega de pesos.»

Amado Rangel, con cien hombres, sorprendió dentro de la cañada, á las once del día, á la tropa republicana. Los únicos que hicieron resistencia fueron algunos soldados y jefes del Cuartel Maestre. El resto de la fuerza, con los otros jefes y Arteaga, se encontraban presos en un portalito de la plaza, desarmados y bien custodiados. Mientras, Salazar y su Estado Mayor se batían, sitiados en su alojamiento. Platicando Rangel con Arteaga, llegó un soldado de los imperialistas y dijo al primero:—Señor, no se quiere rendir el general Salazar.—Pues que le prendan fuego á la casa.

Luego Rangel desistió de su idea y fué personalmente, porque así lo exigían los sitiados, para suspender el fuego.—¿Quién es el general Salazar? preguntó Rangel al grupo de valientes que hacía resistencia. Y el más simpático de entre ellos dió un paso al frente y contestó:—Yo; servidor de usted. Rangel puso sus tropas á las órdenes de Salazar, pero éste dijo:—Nada, nada, Rangel; á cumplir con su deber. El capitán Juan González hizo un guiño á Salazar para que aceptase.—Déjalo cumplir con su deber, dijo Salazar al sacerdote patriota.

A Rangel exigió Salazar, antes de rendirse, la seguridad de su vida, la de sus otros compañeros y atenciones para su compadre el coronel Jesús Ocampo, herido gravemente de dos balas, durante la refriega. Rangel se lo prometió bajo palabra de honor, que fué quebrantada el día 21.

A la salida de Amatlán, los exploradores de Tapia y Solano marchaban con los soldados imperialistas de Orozco. Vencedores y vencidos llegaron á Uruapan el 20. Allí recibió Méndez la ley del 3 de Octubre, y para aplicarla á los prisioneros principales, mandó constituir la Corte Marcial, la cual con festinación sentenció á muerte al general de división José María Arteaga, al general de brigada Carlos Salazar, al coronel Trinidad Villagómez, á Jesús Díaz Paracho y al capitán Juan González. El jefe traidor Pineda y un escribiente se presentaron á levantar el acta de identificación de las personas y á notificarles que serían pasados por las armas á la mañana del siguiente día. Los cinco liberales oyeron impávidos su sentencia sin objetar nada[24].

Al salir de la prisión la mañana del 21, á las cinco, para ser fusilados, Arteaga flaqueó; entonces Salazar dándole el brazo, le dijo:—«Apóyese.» En el cuadro Salazar se desabrochó la camisa, enseñó á los ejecutantes de la sentencia dónde quedaba el corazón, porque siendo desleales les temblaría el pulso y le harían padecer. «Me despido de todos mis amigos y les ruego que no se manchen con el crimen de traición. Voy á enseñar como muere un leal republicano asesinado por traidores.» Y quedaron sin vida los cinco valientes.

La toma de Amatlán fué una compra hecha desde Uruapan, cuando dos jefes se incorporaron á los liberales y andaban en secreteos con Solano y Tapia. Este recibió tres mil pesos. El castigo no se hizo esperar: los dos que tramaron la venta fallecieron á los pocos días: uno de ellos de fiebre á los dos días de la sorpresa en Amatlán.

Aunque fuera de tiempo, al saberse en México la toma de la plaza, una comisión de personas honorables se acercó á Carlota para que influyera en que no fuesen fusilados los prisioneros. Contestó: «Hay que matar á los bandidos para que sirvan de ejemplo de moralidad.»

Méndez enseñó á los prisioneros el decreto de 3 de Octubre y dijo al general Pérez Milicua: «Debían haber sido fusilados todos; pero sólo he atacado el tronco y apartado las ramas: con eso es suficiente.» Además, le enseñó una carta de Maximiliano en que aprobaba su conducta y lo ascendía á general de brigada. Terminaba ordenando á Méndez que propusiera á Riva Palacio el canje de los prisioneros belgas, que lo habían sido en Tacámbaro el 11 de Abril. «Si no acepta Riva Palacio, fusile á todos.» Eran treinta y cinco[25].

Angel Pola.