El hábito de la obediencia era perfecto.
Dios había ungido á los reyes; ellos representaban al Altísimo sobre la tierra; el derecho divino era la base de diamante del trono; para llegar á las puertas del cielo era preciso llevar el título de lealtad en el vasallaje; los reyes no eran hombres, eran el eslabón entre Dios y los pueblos; atentar contra los reyes, era atentar contra Dios, por eso la majestad era sagrada.
La obediencia era, pues, una parte de la religión.
Pero la religión no se circunscribía entonces al consejo y á la amenaza; no eran las penas de la vida futura ni los goces del cielo el premio ó el castigo del pecador, no; entonces la Iglesia dejaba que Dios juzgase y castigase más allá de la tumba, pero ella tenía sobre la tierra sus tribunales.
El Santo Oficio velaba por la religión, y la obediencia al rey era parte de la religión.
Leyes, costumbres, religión, todo estaba en favor de los reyes.
¿Cómo romper de un sólo golpe aquella muralla de acero?
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La historia de la Independencia de México puede representarse con tres grandes figuras.
Hidalgo, el héroe del arrojo y del valor.