Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas. Las unas eran rojas como el pudor de la mujer á los diez y seis años, las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca á otra, colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis visto al insecto dorado besar amoroso á las flores y sacar su néctar y llevarse su pólen......? Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en medio de los rayos del sol, las montañas unas tras otras, altas, azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas plantadas por la mano de la naturaleza.........
Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta vereda, me condujo á una de esas mesas interminables de la Sierra Madre, donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba á percibir la vista: era el verdadero desierto de la Syria.
II
¡Qué encanto! ¡qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan agradable! El desierto desaparece repentinamente, se trasforma, se hunde á mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un jardín, y dentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del Grande y Excelso Jardinero del mundo.
Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande, dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves ó con sus manojos de flores.
San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo á la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande, otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.
San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.
III
Allende fué el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus balas á la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo conocieron lo describen como un hombre alto, bien hecho, hermoso, fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques, excelente militar para su época y hombre de previsión. No siempre se siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra de Independencia no terminó en el primer período en que hizo el mismo empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.
La idea de la Independencia y de la Libertad aparece depositada en el cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fué el verdadero autor de la idea, ó el colaborador de Hidalgo? Parece que lo primero es más probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras é inexorables para los dos.