Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó á ser Capitán de dragones de la Reina. Sirvió en San Luis á las órdenes de Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.
En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de su cuerpo, habían pensado en la Independencia, y que de todo esto tenía conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño, de Guanajuato, manda prender á todos los que según la denuncia estaban comprometidos; pero Allende intercepta por una rara casualidad la orden, manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega á las doce de la noche á Dolores, despierta á Hidalgo, hablan los dos un momento, se deciden á arrojarse á lo desconocido de las aventuras, á lo lúgubre y sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran su ataúd, al saludar á la libertad dicen adiós á la vida, se despiden de la bella naturaleza, y dan con cuatro ó cinco miserables del pueblo el tremendo é histórico grito de Dolores, el 16 de Septiembre de 1810. Hé aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica, sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.
IV
Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han conocido tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan, se arrojan á una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese obstáculo de fierro que se llama lo imposible.
De Dolores marcharon Hidalgo y Allende á San Miguel el Grande. Lo primero que hicieron fué entrar á una iglesia y sacar el lábaro alderredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado. De San Miguel, la marcha fué á Celaya. Ya no eran seis los personajes, sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal asombrosa y nunca vista.
Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas distinciones poco importaban entre masas que no podían tener organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir á la capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió á Guanajuato.
En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero la primera cosa verdaderamente terrible que se vió en Nueva España, fué el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga á las playas, el huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo sus lavas. La revolución arrebata á la autoridad y la destroza. Las fuerzas todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad, una alianza con el orden moral.
Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron á romper con sus pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancerbero, á la entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta pedrería acumulada por la paz y arrancada á las entrañas de la tierra durante tres siglos.
En la peregrinación á que nos referimos al escribir este artículo, nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo. Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda, la barranca, la vereda ó la loma nos daban materia para pensar en todos aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron á nuestra existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda, y de hacienda en pueblo llegamos á Guanajuato, y no volviendo de pronto la vista ni á las tahonas que molían el metal, ni á las minas profundas ni á los tejos de plata que caminaban á la Casa de Moneda, nos detuvimos delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la mano y con muchos testigos á nuestro lado que nos contaban las cosas como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aqui para que formen parte de esta gran colección, donde hemos resumido las misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los hombres y de los pueblos.
No olvidemos que estamos el 28 de Septiembre de 1810, delante de Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.