En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice á los que le rodean:
—«Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme:»
Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas á su caballo, y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que cubría la verdura de los árboles.
Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!
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VII
«¡Viva México!» grita Allende que había escapado de la metralla; y de un salto llega á donde están las piezas, les tira el lazo, y lo mismo hacen los rancheros; amarran á la cabeza de la silla, ponen la espuela á los caballos y se llevan la artillería, dejando á los soldados españoles atónitos, con la mecha, el estopín y las balas en la mano.
La batalla se gana completamente; todos los oficiales y soldados españoles quedan tendidos en el campo, y Trujillo, merced á su caballo, se escapa y se presenta como una fantasma sangrienta á anunciar la catástrofe al virrey.
Allende da la orden de marchar inmediatamente á la capital; Hidalgo se opone, los dos caudillos se disgustan, y el ejército victorioso se retira en desorden, en las mismas puertas de México. Era necesario nueva sangre y nuevas victorias para que se consumara la obra y el sacrificio de los caudillos, para que quedase santificada con su propia sangre. Las naciones necesitan su bautismo antes de recibir su nombre social.
El ejército se retiró y fué á estrellarse en una desgracia, Aculco, y á desbaratarse en una fatalidad, Calderón.