En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto hicieron fuego. Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes se agolparon á la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer á pedazos.

Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y salones, comenzó á ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes, pedían á Dios misericordia y sucumbían traspasados á puñaladas. Los que guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían destruído un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron á la noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.

A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo de los cadáveres. En cuanto á las riquezas que había encerradas, fácil es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de Guanajuato.

En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de las tiendas los barriles de licores y entregándose á todo género de excesos.

Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes con que se anunció la Independencia de México. Como si el pueblo en aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba de una manera inaudita.»

VI

Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días, salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fué posible, y en el mes de Octubre todo ese grande ejército independiente, que en su mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió á la capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana. Ixtlahuaca y Toluca.

En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir una división de tres mil hombres que puso al mando de D. Torcuato Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número sólo le agobiaba, y á medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español retrocedía, hasta que en el monte de las Cruces tomó posiciones que la naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió á esperar.

Fué en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal. Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y á poco fué ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba los días de la conquista, se arrojaban sobre las tropas españolas, y eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino irritar y hacer más tenaz á la raza indígena. Era, á poco más ó menos, el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de México en 1521. Es un hecho bien averiguado que los indios de Hidalgo llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus sombreros de palma las bocas de los cañones.

Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en vano, de organizar el ataque y de reducirlo á las reglas de la táctica española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la metralla.