Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato. Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente, gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar después de la explosión de las armas de fuego que disparaban los enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan lanzando mil rayos........................................

En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz, de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que á sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de fantástico...... A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su fuerza: las descargas de piedras no cesaban y contínuamente se veía en el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En cuanto á los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar á cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después, cuando el frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso, rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos, los españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato. Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban, recorría los puntos de mayor peligro, animaba á los defensores del fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó á hacer fuego. Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.

El cuerpo de Riaño fué conducido al interior del fuerte, y retirándose también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la atrincheraron cuanto fué posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte. Luego que vió el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se arrojó á abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas quejas, y luego, acometido de un furor inaudito, quiso esprimirse una pistola en el cráneo.

—¿Qué hacéis? le dijo uno: vale más que antes de morir venguéis á vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza calmarán vuestro dolor.

—Decís bien, decís bien, contestó soltando la arma: necesito sangre, necesito venganza. Al acabar estas palabras se dirigió á la azotea, desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.

El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes é imponentes en los corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha hablado al principio, le dijo:

—Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pípila.

—Ya se vé que sí, contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en sus labios.

—Pues la patria necesita de tu valor.......

Pípila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fué acercando á la puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto á los del fuerte, hicieron caer una lluvia de balas sobre Pípila; pero todas se estrellaban en la losa, de suerte que llegó á la puerta y arrimó la tea.