—Sí, enteramente......

—Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí. Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y levantándose la dió al coronel Camargo, sin que una sola facción de su rastro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura, sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de aquel hombre que veía ya el sacrificio muy cercano.

—¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? dijo Camargo.

—Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles más instancias: dirían que soy un cobarde. Camargo fué llamado á almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando hubo concluido se dirigió á Riaño:

—Conque por fin.........

—Está ya dada la respuesta, le dijo Riaño; pero añadid á Hidalgo, que á pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la diferencia de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad, y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.

Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.

—Ahora, dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en la inacción, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir como buenos españoles. Inmediatamente dió sus disposiciones y formó á toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; á los que tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra porción la destinó á la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se comunicaba con Granaditas y dominaba la calzada.

En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fué el de «mueran los gachupines,» y aquella masa enorme de hombres armados con picas, palos y machetes comenzó á moverse. Era una larga serpiente la que retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que dominan á Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules, amarillas y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes á cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron á tres indios. Esta sangre fué como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fué reproduciéndose desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.

El ejército se dividió en dos trozos: uno de ellos se dirigió al cerro del Cuarto y á las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y silenciosos el principio de este sangriento festín, se levantaron como impulsados por una máquina, y corrieron á reunirse con los insurgentes y á hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería, se dirigió a las prisiones, puso á los criminales en libertad, y recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba á su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la Alhóndiga. En cuanto á las gentes temerosas y pacíficas, se habían encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este horrible drama.