Aquel hombre parecía estar en todo el vigor de su juventud; era de una estatura menos que mediana, pero lleno de carnes; moreno, sus negras y pobladas cejas tenían un fruncimiento tenaz, como indicando que aquel hombre tenía profundas y continuas meditaciones, y en sus ojos obscuros brillaba el rayo de la inteligencia.

El vestido de aquel hombre, de lienzo blanco, era semejante al que usaban los labradores de aquellos rumbos: un ancho calzón y una campana, que es una especie de blusa.

Tenía entre las manos un libro, y sin embargo no leía, meditaba, porque su mirada vaga se perdía en el espacio.

De repente le sacó de su distracción el ruido de una cabalgadura; volvió el rostro; y casi al mismo tiempo se detuvo cerca de allí un anciano que llegaba caballero en una magnífica mula prieta.

—Buenas tardes dé Dios á su merced, señor cura—dijo el recién llegado.

—Muy buenas tardes—contestó el de la hamaca levantándose y dirigiéndose al encuentro de su interlocutor.—¿Qué viento nos trae por aquí al señor Don Rafaél Guedea?

—Aquí vengo de dar una vuelta por Tacámbaro, y á ver si me da posada esta noche su merced.

—Con todo mi gusto—contestó el cura.—Mándese vd. apear.

—Vaya, Dios se lo pague al señor cura Morelos.

Don Rafael entregó su mula á los criados que le acompañaban, se quitó las espuelas y el paño de sol, y abrazando al cura con grande efusión, se entró á sentar con él debajo del cobertizo.