—Levantado contra el virrey y contra los gachupines.
—Pero ¿es cierto? ¿es cosa de importancia?—preguntó Morelos pudiendo contener apenas su emoción.
—Tan cierto, que toda la gente de tierra fría anda ya revuelta; no se dice más, ni se habla de otra cosa, sino del señor Hidalgo, que quiere libertar á la América, y que tan grave es el negocio, que el 16 de Septiembre amaneció ya levantado el señor cura que era de Dolores, y el día 28 había tomado ya Guanajuato, que dicen que hubo mucha mortandad, y que estará ya muy cerca de Valladolid: cuentan, y es seguro, que trae muchísima tropa, y los gachupines están huyendo y cerrando los comercios y dejando sus haciendas; en fin, no sé cómo vuestra merced no sabe nada, porque la novedad es muy grande, y el señor Hidalgo tiene por todas partes muchos que lo aclaman y lo requieren.
Morelos había seguido la narración de su amigo sin perder una sola palabra; sus ojos se abrían desmesuradamente, su rostro se coloreaba, el sudor inundaba su frente, y su pecho se agitaba como si estuviera fatigado por una lucha.
Por fin, cuando Guedea terminó su relación, Morelos no pudo ya contenerse; levantóse trémulo, dejó caer el libro que tenía en las manos, y alzando los brazos y los ojos al cielo, exclamó con un acento profundamente conmovido, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus tostadas mejillas.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡bendito sea tu nombre!
Después, dejándose caer en la hamaca, apoyó su rostro sobre las palmas de las manos, y parecía que sollozaba en silencio.
Don Rafael Guedea, enternecido también, contemplaba respetuosamente á Morelos, sin atreverse á dirigirle una sola palabra.
Sin duda el viejo hacendado comprendía el choque terrible que debía haber sufrido aquel gran corazón al saber que ya tenía una patria por la que podía sacrificarse.
Morelos se había sentido mexicano por la primera vez; el paria, el esclavo, el colono, escuchaba el grito de Independencia.