Semejantes á una jauría hambrienta que se arroja ladrando y furiosa sobre un león herido, así aquellos hombres organizaron su justicia contra el pobre prisionero de Tesmalaca.

La inquisición le declaró hereje, el clero le degradó del carácter sacerdotal, la audiencia le condenó por traidor al rey, y el virrey se encargó de la ejecución.

Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin embargo un héroe, un caudillo en la más santa y más noble de las luchas; era, en fin, el hombre más extraordinario que produjo la guerra de independencia en México.

Morelos fué fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de Diciembre de 1815.

Cuando la sangre de aquel noble mártir regó la tierra, cuando su cuerpo acribillado por las balas dejó escapar el grande espíritu que durante cincuenta años le había animado, entonces pasó una cosa extraña que la ciencia aún no explica satisfactoriamente.

Las aguas del lago, tan puras y tan serenas siempre, comenzaron á encresparse y á crecer, y sin que el huracán cruzase sobre ellas, y sin que la tormenta cubriera con sus pardas alas el cielo, aquellas aguas se levantaron y cubrieron las playas por el lado de San Cristóbal, y avanzaron y avanzaron hasta llegar al lugar del suplicio.

Lavaron la sangre del mártir y volvieron majestuosamente á su antiguo curso.

Ni antes ni después se ha observado semejante fenómeno. ¡Allí estaba la mano de Dios!

Vicente Riva Palacio.