PADILLA

I

Era la tarde del 15 de Julio de 1824.

Frente á la barra de Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba pesadamente el bergantín «Spring,» anclado allí desde la víspera.

La tarde estaba serena, apenas una ligera brisa pasaba susurrando entre la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas hasta reventar á lo lejos en la playa, y los tumbos sordos de la mar llegaban casi perdiéndose hasta la embarcación.

Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anunciando con sus gritos destemplados la llegada de la noche, y se miraban de cuando en cuando bandadas de aves marinas que volaban hacia la tierra, buscando las rocas para refugiarse.

Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol se oculta del lado de la tierra; tristísimo es contemplar esa hora desde un buque anclado.

Sobre la cubierta del bergantín había un hombre que tenía fija la mirada en la playa.

Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma postura. Esperaba y meditaba.

Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno sólo de los músculos de su fisonomía, y meditaba profundamente, porque nada parecía distraerle.