La noche comenzó á tender su manto y aquel hombre no se movía.
Por fin, los contornos de la tierra desaparecieron entre la obscuridad, las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y asomaron sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, que son como las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se llama el Océano.
El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentinamente se irguió.
Era que en medio del silencio de la noche había apercibido el acompasado golpeo de unos remos.
Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin duda alguna se acercaba al bergantín una lancha.
—¿Jorge, eres tú?—dijo el hombre del bergantín á uno de los remeros cuando la pequeña embarcación llegó.
—Sí, señor—contestó una voz desde la lancha.
—¿Y Beneski?
—Espera aquí—contestó otra voz.
El hombre saltó resueltamente á la escala, y con una firmeza que hubiera envidiado un marinero, descendió por ella y llegó á bordo de la lancha.