—¡A tierra!—exclamó sentándose en el banco de popa.
Los bogas no contestaron, sonó el golpe de los remos en la agua, y la lancha, obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se deslizó sobre las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.
II
Al día siguiente, cerca ya de Soto la Marina, caminaba una tropa de caballería, en medio de la cual podía distinguirse al mismo hombre que el día anterior había desembarcado del bergantín.
Al lado de aquel hombre marchaba otro que parecía ser el jefe de la fuerza.
Los dos caminaban en silencio, los dos parecían hondamente preocupados y poco dispuestos á emprender una conversación.
Por fin, el hombre del bergantín rompió el silencio, y acercando su caballo al de su acompañante, le dijo con una voz firme:
—Señor General Garza, supuesto que soy su prisionero de vd., ¿no podría decirme la suerte que se me espera?
Garza levantó los ojos, le miró por un momento, y con acento casi lúgubre contestó: