Después del suplicio de Morelos, de ese hombre singular á quien sus mismos enemigos no pueden negar ni el talento natural para la guerra, ni la constancia ni el valor, comenzó la fortuna á mostrar su faz hosca y sañuda á la mayor parte de los caudillos mexicanos que habían conservado las armas en la mano, y que llenos de fe en la causa de la patria, habían visto con desdén los ofrecimientos de perdón y aun las más lisongeras promesas de parte del gobierno español. Todo parecía concluído. Las partidas de insurgentes que habían quedado, siendo ya poco numerosas y escasas de elementos para la campaña, no inspiraban ya temor al gobierno, y el virrey creyó por un momento que había ya recobrado plenamente el dominio en la Antigua Colonia.
Repentinamente un suceso inesperado sacude en sus cimientos á la Nueva España, y el fuego de la independencia, que parecía completamente apagado, se encendió de nuevo para no extinguirse nunca, pues se encuentra aún vivo y ardiente en el pecho de los mexicanos.
Mina fué el relámpago que un momento iluminó el horizonte de la revolución, y desapareció en esa insondable eternidad que no podemos comprender.
Era labrador, pero labrador en la montaña, no en la llanura. Los montañeses tienen que habituarse á la vida aventurera y casi salvaje. Los fenómenos todos de la naturaleza parece que se desarrollan de una manera más imponente en la montaña, y esto, y el ejercicio de la caza, preparan á esa clase de hombres á la vida militar.
Napoleón I hizo del labrador montañés un guerrillero.
Mina peleó por la independencia de su patria y llegó á ser jefe de la Navarra, provincia donde vió la luz en fines del año de 1789, Terminada la invasión, Mina se encontró con otro enemigo, el despotismo, y basta para personificarlo nombrar á Fernando VII, soberano tan repugnante que ni aun ha tenido la consideración para los españoles más sumisos y monarquistas. Mina, en unión de su tío Espoz y Mina, conspiró en Navarra para restablecer la Constitución. Desgraciado en esta tentativa, tuvo que huir para salvar la vida, y emigró á Francia y pasó poco tiempo después á Inglaterra.
Encontró allí un personaje al que no hemos dado todavía todo el honor v la celebridad que merece. Este personaje era el Dr. D. Servando Teresa de Mier. Este padre fué el primero en propagar las ideas de la desamortización eclesiástica y de la separación de la Iglesia y del Estado. Sus obras no las mejoraría en ciertas capitales el progresista más exaltado de 1870.
Un fraile y un proscrito sin un cuarto en la bolsa, el uno con su entusiasmo y el otro con su espada, intentan á más de dos mil leguas de distancia, derribar un gobierno que había triunfado de los más valientes y esforzados caudillos mexicanos. Desde este momento comienza una serie de aventuras propias más bien para un romance.
El mismo día que resolvió Mina hacer una expedición á México, alentado por los consejos y entusiasmo del padre Mier, se presentó resueltamente en la casa de dos ó tres comerciantes ingleses.
Quizá una semana después, á las tres de la tarde (y hay sobre esto un canto popular), el guerrillero español abandonaba las costas inglesas, y surcaba los mares en un barco mercante que tomó á flete, y fué el principio de su escuadrilla. Le acompañaban el infatigable padre Mier y treinta hombres terribles y desalmados, que dieron prueba más adelante de una energía indomable. La primera idea de Mina fué poner directamente la proa á las costas de México; pero varió de resolución, y para proveerse de más gente y recursos, se dirigió á los Estados Unidos del Norte, donde reclutó, en efecto, más de doscientos soldados aventureros que indistintamente habían servido con los ingleses y con los franceses en las últimas guerras. Con estas fuerzas, y con otros buques, aunque pequeños, organizó su expedición y se dirigió á Puerto Príncipe, donde se encontró con que un terrible huracán le había destruído uno de los buques que mandó con anticipación, y con que muchos de los aventureros enganchados se habían desertado.