De Puerto Príncipe salió á la mar la expedición, con dirección á Tejas, con el fin de reunirse con el comodoro Aury, jefe de unos cuantos piratas que había reunido bajo sus órdenes. El vómito prieto se declaró á bordo de la improvisada escuadrilla, y comenzaron á morir oficiales y marineros. En el estado más triste llegaron á la isla del Caimán. Las frescas brisas y una pesca abundante de tortugas, volvieron la vida y las fuerzas á los enfermos. Mina, resistiendo á las enfermedades y á todo género de contratiempos, llegó por fin á Gálveston, donde abrazó al pirata Aury, refrescó los víveres, estableció su campamento, se dedicó á formar sus regimientos, á preparar la expedición, y publicó un manifiesto que circuló poco tiempo después en México, y reanimó el entusiasmo por la Independencia.

II

Las aguas de la costa de Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.

El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas á azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación. Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra. En efecto, era la «Cleopatra,» y á bordo venía el general Don Francisco Javier Mina.

El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia ninguna el 15 de Abril de 1817.

El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba á pie, con su espada en la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques, pero al fin llegó á la población, donde fijó su cuartel general. Sus buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz á atacarlos. La goleta «Elena,» que era muy velera, escapó á la vista del enemigo; las tripulaciones de la «Cleopatra» y del «Neptuno» vinieron á tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata «Sabina,» se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del aventurero capitán.

El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La «Cleopatra» no contestaba, y esto irritaba al enemigo.

—Que redoblen el fuego, gritó con voz de trueno.

El cañoneo continuó más fuerte. La «Cleopatra,» siempre silenciosa, parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.

—¡Esta es una asechanza sin duda! exclamó el jefe español; se tratará de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el agua. ¡Al abordaje! al abordaje! y no hay que perdonar á nadie. Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados á cuchillo.