Mina con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y defendida por trescientos hombres y cinco cañones.

Para Mina no había dificultades, y á todo trance necesitaba apoderarse de este mineral. Mina intimó rendición á la plaza, y habiendo recibido una respuesta altanera, se decidió á obrar. Llamó á quince de sus más atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron sin ser sentidos á las azoteas de las casas. Descendieron á la plaza, sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró á ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de Junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte del Sombrero, que mandaba el jefe independiente D. Pedro Moreno.

A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.

IV

En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían á verle con admiración, y el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre fatal.

El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro un cuerpo de tropas escogidas que puso á las órdenes del Mariscal Liñán, y apeló, además, á los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de Julio, Mina tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato á Liñán, Orrantia, Negrete, Villaseñor, Bustamante (Don Anastasio), y cuantos otros jefes se consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León, Mina, con cosa de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se resolvió á esperar y defenderse hasta el último extremo.

El 1.º de Agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por todos ellos fué rechazado. Entonces se hicieron á Mina proposiciones muy lisonjeras, que rehusó constantemente.

El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las cercanías frescas y abundantes lluvias; mientras los hombres del fuerte morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse á encerrar en aquellas rocas secas y fatales.

El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre el fuerte, pero fué rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron tirados en las barrancas.

Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche obscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la obscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el fuerte el 20, y su primera disposición fué mandar fusilar á los enfermos y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la Independencia mexicana.