Mina llamó al mayor Sardá.
—Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado, yo volveré y haré á balazos que te dejen quieto. Mina estrechó la mano del mayor, y espada en mano, salió de la plaza de Soto la Marina, tambor batiente y bandera desplegada.
Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres y de agua, la tropa comenzaba á fatigarse y á murmurar.
—No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres frescos, y habitación magnífica, y dinero.
En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del jefe D. Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.
Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó á Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época pertenecía á los Carmelitas. Los dependientes y mozos habían huído, llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se presenta. Armiñan y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien dice, á las puertas de la hacienda.
Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube á la azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente reverberación del campo, una fuerza de infantería como de 1,000 hombres, seguida á cierta distancia por una numerosa caballería.
—Amigos, dice á sus soldados, que habían salido en seguimiento de su jefe; vamos á ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque más.
La respuesta de esta tropa denonada fué un ¡hurra! estrepitoso, y cosa de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron á paso veloz al encuentro de la formidable columna española.
Mina, á los pocos momentos de comenzada la acción, se vió envuelto por la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas. En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro, hizo una descarga á quemaropa á la caballería que se le venía encima, mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, comenzaron á vacilar y á desorganizarse, y concluyeron con abandonar el campo y echar á correr. El coronel Piedras, de las tropas realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del caballo de su corneta de órdenes, y Armillan se retiró á San José. Esta fué la célebre acción de Peotillos dada el 15 de Junio.