El lunes 2 de Noviembre produjeron los reos sus pruebas sobre la identificación de sus ejecutorias de nobleza, con tres testigos cada uno.

El mismo día se presentó escrito por el defensor, sobre que le permitiese ver los autos en su casa, á lo que habiéndose accedido, ratificados los cuarenta y seis testigos, se le pasaron los autos por el capellán Elizalde, el mismo lunes á las nueve y media de la noche en que se cumplieron los tres días, y le empezaban sus veinte horas. El martes á las siete y media, que se le cumplieron, pasó dicho Elizalde por ellos y los condujo al relator por sólo aquella noche.

En este estado declaró Aldama en descargo de su conciencia, que la muerte que se le acumulaba, y por la que había estado preso en la Acordada, de un mulato, criado de Samper, era cierta, y que él la había hecho por robarle dos mil pesos de su amo, los que en efecto le quitó, al que arrastró y echó en una cueva de mina vieja, yendo él mismo al reconocimiento del cadáver cuando le dieron la denuncia, como teniente general que era de aquella jurisdicción de Cuautla de Amilpas.

Y Quintero expresó haber hecho una muerte en Campeche á un pasajero, á quien le robó seiscientos pesos, lo que también declaró en descargo de su conciencia.

A las ocho de la mañana del día miércoles se comenzó á relatar la causa y se siguió á la tarde, con asistencia del señor regente, el señor fiscal y los reos, cuya relación se concluyó después de la oración, finalizando el relator Echeverría con las causas de Aldama y Quintero, de que se le hizo cargo y vinieron de la Acordada.

Relatada la de Blanco, resultó que el año de 87 se procesó en aquel tribunal por cinco robos que ejecutó en compañía de D. Juan Aguirre su paisano y cajero que fué de la vinatería de D. Manuel Pineda, en la casa de Azcoitia, donde servía también de cajero dicho reo, extrayéndole más de tres mil pesos, y cinco que hizo en Guanajuato, en la tienda de su amo Alemán; el uno de varias ropas y los otros dos de reales hasta seiscientos pesos, lo que resultó justificado, por lo que fueron condenados á ocho años de presidio en Puerto Rico, y que de allí fuesen conducidos bajo partida de registro, á la casa de contratación de Cádiz, de donde se dirigieran á los lugares de su origen: que indultado éste por el Excmo. Sr. Flores, se vino á esta ciudad desde San Juan de Ulúa, donde desertó.

Por el expediente pasado, con oficio de 2 del corriente, por el Excmo. Sr. virrey, se advierte hallarse Quintero, por decreto de la misma fecha, declarado no gozar fuero alguno de guerra, cuya declaración fué expedida de resultas de la instancia que en el superior gobierno seguía sobre goce y restitución del fuero militar, de que se había antes despojado, por la causa que se le siguió en la Acordada, á querella de la viuda de su primo, quien le imputaba haberle extraído como cuatro mil pesos, en la que tuvo absolución de la instancia en 13 de Mayo último, y fué puesto en libertad con reserva de su derecho.

Después de dicha relación informó el abogado de los reos muy sucintamente, en que pidió que conociendo los graves delitos de los reos, ya que en el estado presente por lo mismo eran dignos de compasión, se mirasen con piedad y se les aplicase la muerte con atención á las circunstancias de su nacimiento, fundando la menos culpa y complicidad de Blanco, por lo que, y por su menor edad, era digno de más indulgencia.

Después siguió el señor fiscal, quien sin embargo de no haberle pasado los autos ni tener más instrucción de ellos que la relación que se hizo por el relator, hizo una oración de las más prolijas y exquisitas, en la que concluyó pidiendo, que respecto á los extraordinarios delitos de los reos, á su gravedad y circunstancias, merecían extraordinarias penas y un castigo ejemplar, por los cuales habían perdido el goce y fuero de sus privilegios; pero atendiendo á ciertas leyes y á la probanza que de su nobleza habían dado, condescendía «en que se les diese garrote saliendo de la cárcel, y el verdugo delante con el bastón y armas con que cometieron los delitos, y siendo regular ser una de las calles acostumbradas la en que vivía Dongo, el pasar por ella, los entrasen por la puerta principal, y estando un rato en ella saliesen por la cochera, por donde salieron triunfantes con el robo, salieran á pagar con sus vidas; que llegados al patíbulo, puestas en alto las armas y bastón al tiempo de la ejecución, verificada ésta, se destruyeran en el mismo tablado y que se mantuviesen los cadáveres por tres días en el suplicio para escarmiento y desagravio de la vindicta pública.»

Por ser ya las ocho de la noche no se votó, y se reservó para el jueves siguiente, en el que se pronunció la sentencia, que relativamente es la siguiente: «Hecha la relación acostumbrada de los excesos y delitos de los reos, hallaron que eran de condenar, y condenaron, á que de la prisión en que se hallaban saliesen con ropa talar y gorros negros, en mulas enlutadas, á son de clarín y voz de pregonero que manifestase sus delitos, por las calles públicas y acostumbradas; y llegados al suplicio se les diese garrote poniendo el bastón y armas á la vista del público, y verificada la ejecución se destrozasen y rompiesen por mano del verdugo, separándoseles las manos derechas: que se fijasen dos en dos escarpias donde habían cometido los homicidios, y la otra donde se halló el robo, en la parte superior de la pared, todo con ejecución, sin embargo de suplicación y de la calidad; y que el dinero depositado y demás del robo se entregara á la parte de la archicofradía heredera, como se ejecutó, y esta sentencia fué dada, presente el señor fiscal.» De la que dada parte á S. E. á las doce de este día, en su consecuencia pasó el escribano Lucero á la primera pieza del entresuelo de la cárcel, y haciéndolos traer á su presencia se las hizo saber y notificó: quienes postrados de rodillas la obedecieron conformes, y asistidos de los padres fernandinos y del rector de las cárceles Br. D. Agustín Montejano, pasaron á la capilla, quien les hizo las mayores exhortaciones de consuelo y conformidad, y postrados ante el altar hicieron una deprecación la más tierna y lastimosa, de donde tomaron sus respectivos lugares, que abrigaron con biombos.