Como á las cuatro y media de la tarde del mismo jueves se procedió á tomar confesión á los reos, previo el auto correspondiente, que se proveyó, y nombramiento de curador á Blanco por ser menor, el que se hizo en D. José Fernández de Córdoba, procurador del número de esta real audiencia.

Habiendo su señoría hecho comparecer á Quintero, le recibió el juramento de estilo y generales acostumbradas, y héchosele el fuertísimo cargo de lo que resultaba y ministraban los autos sobre ser el agresor principal de los homicidios de Dongo y su familia, contestó con gran resolución: que no sabía quiénes fuesen, y mucho menos que él tuviese el más mínimo participio ni complicidad en ellos: y puéstosele de manifiesto las alhajas y ropa robada, demostrándosele cosa por cosa, se le preguntó si las conocía: dijo que no conocía nada; se le reconvino que si conocía tantas talegas que se habían sacado de debajo del envigado de su accesoria, y quería verlas: dijo que no sabía ni conocía cosa alguna. Preguntándole que si conocía el chupín, el belduque, los sombreros, la tranca y demás que se encontró en un cuarto, dijo: que sólo eso conocía por suyo, pero que lo de la accesoria no sabía, y algún enemigo, por hacerle daño, lo introduciría en ella; héchosele cargo de la sangre que tenía el chupín, dijo: que eran polvos que tomaba y expelía por las narices. Héchole cargo sobre la tranca y sobre su negativa en caso tan físico y palpable, el que se le iba formando con la mayor severidad, dijo en este acto: «Señor, ya no tiene remedio; no quiero cansar más la atención de V. S., pues Dios lo determina y me han hallado el robo en mi casa: ¿qué tengo de decir sino que es cierto todo? Que me alivien las prisiones ya que he dicho la verdad: fuerza es pagar. Aliviándole éstas, le preguntó su señoría quiénes eran los cómplices, cuántos, dónde vivían, y cuanto condujo al caso. Respondió que D. Felipe María Aldama y D. Joaquín Antonio Blanco, que estaba preso en la Acordada, quienes lo habían insistido á tal desastre, y como necesitado y frágil había accedido á tan horrendo delito; que aunque se recató, no lo pudo conseguir, pues lo vituperaron y trataron de un collón; que viéndose precisado, hubo de entrar en la casa en su compañía, á las ocho y media de la noche del viernes 23, haciendo Aldama de juez, con el bastón del confesante, el que le tomó al tocar la puerta; que habiéndole respondido, dijo: abre, y empuñando el bastón, se metió con Blanco, y el confesante se quedó cuidando la puerta: que no había hecho muerte alguna: que ellos podrían dar razón, pues no quiso ver aquella atrocidad, porque se le partía el corazón, y suplicaba que respecto á que sabía que había de morir presto, se le diese término para disponerse, dándole la muerte conforme á su ilustre nacimiento, lo que haría constar. Héchosele las demás preguntas conducentes, dijo que los otros lo declararían por extenso.

Habiéndose hecho inmediatamente comparecer á Aldama, puesto ante su señoría con un semblante modesto y compasivo, tiró la vista hacia todos, y con un tierno suspiro, dijo: señor; ya ha llegado el día de decir las verdades; y compungido con lágrimas del corazón, significó que la fragilidad y la miseria humana lo habían conducido á tan horrendo sacrificio, estimulado de su necesidad, ya violentado y estrechado de sus acreedores, ya de sus escaseces, tan extraordinarias, y ya de lo principal, que fué su triste y desgraciada suerte; y pues para Dios no había cosa oculta, y era su voluntad pagase sus atroces delitos, estaba pronto á declarar cuanto ocurrió en el caso.

Recibídole juramento en forma de derecho, y héchole las preguntas acostumbradas acerca de sus generales, que reprodujo, se le formó el riguroso cargo que ministraban los autos, y el cuerpo del delito acerca de los homicidios, y robo de Dongo y su familia, á efecto de que expresase quién promovió el proyecto, entre cuántos, qué día, en qué disposición, con qué armas, y en qué lugar; con lo demás que se tuvo por conveniente para la aclaración de tantas dudas y confusiones, en cuya vista dijo: Que había un mes que estrechado Quintero de sus indigencias y necesidades, le propuso el pensamiento de que, siendo D. Juan Azcoiti hombre de conocido caudal, y sólo podían matarlo y quedar remediados; á lo que resistió bien por su honor, y por estar muy distante de este pensamiento, contestándole ásperamente sobre que pensase en otra cosa. Que al cabo de pocos días insistió con dicho pensamiento, y ya más sagaz le contestó que lo pensaría, con la intención de no hacer aprecio y prescindir de ello. Que vuelto tercera vez á insistirlo, le dijo: que no había de quién fiarse, pues él no se valía ni de su padre; y proponiéndole Quintero inmediatamente á un primo suyo, quedó de verlo para el efecto; y habiéndolo solicitado, y sabido que estaba ausente en destino, le propuso á Blanco, quien le dijo estaba recién venido de presidio, y como quiera que había servido á Azcoiti, era más á propósito para el caso, á lo que creía no se excusaría; que le contestó lo viese en hora buena. Que habiendo caído malo el confesante, fué á visitarlo Quintero, llevando ya á Blanco, y al entrar le dijo: vé á quien te traigo acá: ahora le puedes decir lo tratado, á que le contestó Aldama: hazlo tú si quieres, que yo no estoy para eso; á poco rato se fueron: recuperado Aldama ya de su enfermedad pasó á ver á Quintero, donde halló á Blanco á quien había hablado ya Quintero, y tratando del asunto entre Aldama y Quintero, acabaron de seducir á Blanco; y habiendo determinado el pasar á verificar su intento, vieron ocupadas las piezas vacías con una familia que vino de fuera, con lo que se les frustraron sus proyectos. Y puesto inmediatamente el pensamiento en Dongo entre los tres, ofreció Aldama el instruirse de la casa, diciendo Blanco que tenía más de trescientos mil pesos en oro, con lo cual salían de penas: que al día siguiente fué Aldama á ver á Dongo con el pretexto de que le vendiese una poca de haba, con lo que observó la poca familia que le parecía tenía, y convenidos todos, quedaron de acuerdo para acecharlo en sus entradas y salidas de noche, á ver cómo y con quiénes salía, y cómo volvía: que el miércoles 21 del mismo Octubre dió Aldama cinco pesos á Quintero para que comprase y dispusiese las armas con que habían de ir; quien compró dos machetes de campo, uno de más de tres cuartas, que llevó Quintero; otro más mediano que llevó Aldama, y otro más chico que llevó Blanco, los que amolaron por la calle de Mesones: que á la noche fueron á observar la primera salida de Dongo, y no aguardaron á que volviese: que á la siguiente noche del jueves fueron y estuvieron hasta que regresó á las nueve y media Dongo. Que instruídos ya en la forma que salía y entraba, determinaron asaltarlo á la siguiente noche del viernes: que en efecto fueron dicha noche como á las ocho y media, y tomando Aldama el bastón de Quintero, tocó la puerta, y respuéstole quién era, respondió: Abre; y habiendo abierto el portero jubilado ó inválido, le dijo: ¿tú eres el portero? le respondió éste: no, señor; está en el entresuelo dando de cenar á D. Nicolás: pues llámalo; y entrando para dentro, lo esperó que bajase, y estando presente, le dijo: Pícaro, ¿qué es de los dos mil pesos que has robado á vuestro amo? y sin aguardar respuesta, lo mandó atar por detrás, y meterlo en su mismo cuarto, donde puso á Blanco que lo guardase; y volviéndose al inválido, le dijo: Y tú, ¿qué razón das de este dinero? Ata á este también, y en la misma forma lo metieron en la covacha, donde puso á Quintero de guardia, y revolviendo al zaguán, tomó al indio correo del brazo, quien estaba en compañía del inválido, y lo pasó al cuarto del portero, donde estaba Blanco, y entre ambos mataron al indio y al portero, en tales términos y con tal prontitud, que no dieron una voz: de ahí pasaron á la covacha, donde estaba Quintero con el inválido, y examinando á éste sobre la demás gente que había arriba, entre Aldama y Quintero lo mataron en la misma forma: que luego pasaron al entresuelo Aldama y Quintero, dejando á Blanco cuidando la puerta, para que avisase de cualquiera contingencia, y entrando con la vela en la mano, saludando á D. Nicolás; ya que se vieron cerca, le habían acometido ambos á un tiempo, y dejándolo muerto, pasaron al instante á las piezas superiores, y preguntando á las criadas: hijas, ¿cuántas son udes? con sencillez les respondieron ser cuatro, y entonces se volvió Aldama á Quintero, y le dijo: vd. meta á esas mujeres en la cocina, y custódielas, inter yo las voy examinando una por una. Que inmediatamente las metió Quintero en la cocina, y quedó en la puerta de ella custodiándolas: entonces tomó el confesante á la ama de llaves de la mano, y se la llevó á la asistencia, donde la mató: que inmediatamente volvió por la lavandera, y en la anteasistencia la mató; y habiendo vuelto, le dijo á Quintero: dos han quedado: una tú, y otra yo; y tomando el confesante á la galopina, y Quintero á la cocinera, las dejaron en el puesto con la mayor crueldad. Que acabada esta facción bajaron al zaguán á incorporarse con Blanco para aguardar á Dongo, donde se estuvieron sentados hasta después de las nueve y media que oyeron el coche que se acercaba á la puerta; que entonces se pusieron tras de ella y la abrieron cuando llegó, á semejanza del portero, y apeándose del coche, éste entró con su lacayo por detrás con una hacha en la mano, y se le apersonó el confesante, diciéndole con el sombrero en la mano: «Caballero, vd. tiene su lugar; dispense el atrevimiento que se ha tenido de perder los respetos á su casa.» Súbase vd. con estos caballeros, que yo tengo que hacer con los criados de vd., y echando mano al lacayo, le contestó el caballero urbanamente; pero al subir la escalera debió de recelar, por ver los cuartos cerrados donde estaban los difuntos, y haciendo que metía mano, lo mataron entre Quintero y Blanco; y viendo el confesante que ya estaban matando á Dongo, mató él al lacayo que tenía de la mano: en este intermedio dió vuelta el coche, y el confesante fué á abrir la cochera para que entrase, y luego que entró cerró la puerta, y estando en esto, ya los otros habían bajado de las mulas al cochero, y entre todos tres lo mataron y fueron á esculcar al difunto; le sacaron las llaves de la bolsa, un rosario, el reloj, hebillas y charreteras de oro, de que no supo el confesante. Que habiendo subido arriba, habían tenido mil aflicciones para ver dónde venían; que encontrando en el gabinete una escribanía, le hizo una de ellas, de donde sacaron una gabeta con las del almacén; que descerrajaron un ropero y varios cofres, de donde sólo tomaron la ropa que se les encontró, lo que no había sido con su consentimiento. Que habiendo bajado al almacén, no encontrando el oro que buscaban, tomaron nueve talegas que estaban bajo del mostrador y unos cuantos papeles de medias nuevas. Que de ahí pasaron á descerrajar la pieza siguiente, en la que quemaron los papeles de las medias porque les abultaban, y comenzando á tomar el pulso á las cajas que había, viendo que entre todas una pesaba más, la descerrajaron y sacaron catorce mil pesos, sin tocar la de las alhajas de su mujer, ni una fortísima de hierro que no pudieron descerrajar. Que puesto el dinero sobre el mostrador, de allí lo bajaron al coche, y montando de cochero Aldama, con gran trabajo, por no poderlo retroceder ni sacar, por ser difícil aun á los de profesión, como por la gran carga que llevaba, el que cimbró de tal modo, (que expresó) que sueños de bronce que hubieran tenido los vecinos, se hubieran alborotado sólo del estruendo que hizo al salir, y que de un viaje lo condujeron todo después de las once, por la calle de Santo Domingo, á torcer por la de los Medinas hasta la accesoria de Quintero, donde bajaron la carga dejando á Quintero con ella, y el confesante y Blanco fueron á dejar el coche por Tenexpa; y aunque el primero quería llevarlo por Santa Ana, no quiso Blanco, por decir que arriba había guardas y podían ser conocidos; que dejado el coche, arrojaron en el puente de Amaya dos de los machetes, y regresados en casa de Quintero, tomaron una talega que tenía cuatrocientos pesos, y distribuidos entre los tres, les cupo como á ciento y treinta pesos, que tomaron para sus prontas urgencias, y el demás dinero, alhajas y ropa, metieron debajo de las vigas; luego se retiró el confesante con Blanco, y al pasar por el puente de la Mariscala tiraron el otro sable que les había quedado, y de ahí pasó el confesante á dejar á Blanco á su casa, quien vivía por el Salto de la Agua, en casa de su tía, y no encontrándola en casa se fueron para la del confesante. En el camino le dijo Blanco que allí llevaba el reloj de oro del difunto, y habiéndolo corregido seriamente hizo lo echara en el caño de la agua de la esquina de la Dirección del Tabaco. Llegados á la casa del confesante se acostaron, diciendo en la casa que habían ido á un baile. Que al día siguiente mandó sacar sus prendas, como tiene dicho, y á las nueve llevó la noticia á la Acordada, y después se fué á los gallos. En este estado y respecto á que sabía breve había de morir, suplicaba rendidamente á la justificación de su señoría se sirviese, con atención á la nobleza notoria de su estirpe, se le diera la muerte correspondiente, no por él, pues merecía morir tenaceado y sufrir cuantos martirios se imaginasen, sino por su pobre familia; y mandádose retirar por ser las nueve de la noche, suplicó se le llamasen unos padres del colegio de San Fernando, para que lo fuesen disponiendo á su muerte, lo que así se le ofreció y cumplió.

Inmediatamente mandó su señoría que los capitanes de esta real sala fuesen á sacar los machetes y reloj, que expresó Aldama haber echado Blanco en el caño referido.

En virtud de orden de su señoría se mandó por Blanco á la Acordada, quien hasta esta hora llegó, y estando presente ante su señoría, previo el mismo juramento, se le hizo cargo de sus delitos, quien sin embargo de haberle puesto todo el cuerpo del delito de manifiesto, negó, diciendo no saber de tal cosa ni haber incurrido en semejante atrocidad; que si lo creía su señoría de él; que si fuera cierto lo confesara, como había confesado en la Acordada cuando robó á su amo: en esto se mantuvo hasta cerca de las once de la noche que se mandó retirar, sin embargo de los foertísimos cargos y convencimientos que se le hicieron.

Al siguiente día viernes se hizo comparecer á Quintero, en virtud de la discordancia que hubo entre él y Aldama, sobre haber sugerido éste á aquél, y aquél á éste, y estando puestos rostro á rostro, previo su juramento, se les hizo cargo de las discordancias de sus deposiciones en esta materia, y de los homicidios; á que contestó Quintero: que era cierto que él había sugerido y propuesto el pensamiento á Aldama: que era cierto cuanto decía, y que él también mató al igual de todos, y dudoso sobre si él había propuesto primero el pensamiento á Blanco y Aldama; que quería disponerse, para lo cual quería también padres de San Fernando, lo que se le cumplió.

A este acto se hizo comparecer á Blanco, y puesto (previo nuevo examen que se le hizo) rostro á rostro, se le hizo cargo de su negativa, quien ratificándose en ella, lo comenzaron á persuadir dijese la verdad, que perdía tiempo, el que era muy precioso: que qué tenía que negar á una cosa tan palpable como aquella: que no había de tener más resistencia que ambos, y viéndose convencidos declararon la verdad: que viera sus mismas medias ensangrentadas, con que le hacían cargo: que de todos modos había de ser lo mismo; con otras muchas expresiones de esta naturaleza, sin embargo de las cuales insistió en su negativa. Recibídole declaración á la tía de Blanco, sobre con qué medias había salido de su casa, expresó que con unas de color de gris, que son las mismas ensangrentadas; y habiéndose hecho comparecer á ésta, luego que se le puso delante, dijo: No es necesario, todo es cierto: yo los acompañé y cometí los mismos delitos, y me remito en todo á la declaración de Aldama. Que le trajeran padres, que quería confesarse y disponerse, lo que también se le cumplió; y todos unánimes y conformes reconocieron las armas que se les pusieron delante, y dijeron ser las mismas que fueron la destrucción de todos; con lo que se suspendió el acto de la diligencia.

En la misma tarde, como á las cuatro, hubo acuerdo extraordinario, con asistencia de los señores regente y fiscal, que duró hasta después de las once de la noche, en el que se determinó se recibiese á prueba por tres días, en los cuales se ratificaron los reos y los testigos sumarios; se entregasen los autos dentro del oficio al Lic. D. Manuel Navamuel, á quien se nombró defensor por veinte horas, y concluidas se pasasen al relator.

En la misma hora se hicieron las citaciones correspondientes, y al día siguiente se comenzaron á ratificar los testigos, y como á las diez y media los reos respectivamente, en que añadió Blanco que Quintero lo había seducido, y Quintero se mantuvo en su duda anterior.