Para la justificación de si había dormido el viernes en su casa con Blanco, hizo su señoría comparecer á la criada cocinera de Aldama y á su hermana María Guadalupe Aguiar, quienes preguntadas si conocían á Blanco dijeron que con motivo de visitar á su amo lo conocían; el que había dormido el sábado y domingo de la semana anterior en su casa. Que su amo Aldama estaba pronto á sus horas, en especial de noche; que la del viernes no salió, y á pedimento de ellas había estado tocando en flauta hasta muy tarde que se durmieron. Que el sábado se recogió temprano y que el domingo en la noche se había ido á la comedia.

«En virtud de la cita hecha á Blanco se libró oficio al juez de la Acordada, para su remisión, al que habían aprehendido la misma noche que á Aldama en una vinatería, por la dicha queja de su tía, el que habiendo comparecido se le tomó su declaración inquisitiva, en la que expresó llamarse Joaquín Antonio Blanco, natural de la villa de Segura, provincia de Guipuzcoa, soltero, de edad de veintitrés años, sin oficio; y examinado acerca de dicha cita discordó en ésto, diciendo que había dormido la noche del viernes á casa de su tía; en cuyo acto se careó con Aldama y las criadas de su casa, y al cabo de varias disputas hubieron de convenir todos en que ambos habían dormido aquella noche en la casa de Aldama, diciendo Blanco que había discordado falsamente, consternado de que no se le atribuyese algún delito por la falta de su tía, la que no se «encontraba en su casa; en cuya virtud se restituyó á la Acordada.»

El día siguiente 28, se proveyó auto para el embargo de la hacienda de Doña Rosa, y comparecencia de su administrador en esta ciudad, cuyo despacho se expidió por la estafeta del día.

«El día 29, en prosecución de la pesquisa y con noticia de ser D. Baltasar Dávila y Quintero, uno de los amigos de Aldama, lo hizo comparecer por medio del sargento mayor de la plaza, quien expresó llamarse como dicho es, natural de la isla del Hierro en las de Canarias, capitán de mar y subteniente de milicias provinciales de dicha isla: quien preguntado por el conocimiento de Aldama, y si el viernes había estado con él, respondió conocerle, y que en efecto, el citado día fué á visitar al declarante que estaba enfermo en cama, entre cuatro y cinco de la tarde, de suerte que no salió de ella en todo aquel día, ni en la noche. Preguntado de qué se mantenía, respondió: que á expensas de la caridad de D. Jacinto Santiesteban y D. Manuel Pineda, quienes le habían hecho varios suplementos, como constaría de su libro. Preguntado si conocía á D. Joaquín Dongo, ó tenía noticia del suceso y de sus agresores, dijo: Que ignoraba enteramente la pregunta, y que aunque se hablaba con mucha variedad de los agresores, el declarante no podía dar razón por no concurrir á las mesas de trucos, ni juegos públicos, donde solían tratarse asuntos de esta naturaleza, recogiéndose como se recogía á su casa á las siete de la noche. Preguntado si el sábado por la mañana salió de su casa á comunicar á Aldama, ó éste fué á visitarlo, ó practicó alguna diligencia que le hubiese encomendado, dijo que no hacía memoria, aunque una mañana que no tenía presente, lo encontró y le había dicho se llegase á la vinatería de la Alcaicería y dijera á su dueño que fuera á su casa de Aldama que quería hablarle.» En este estado habiéndose hecho comparecer á D. Ramón Garrido, administrador de la referida pulquería, se examinó sobre la cita y expresó «que el sábado 24 (día en que amaneció la desgracia) á las seis y media de la mañana, le llevó Quintero recado de Aldama, diciéndole le llevase una libranza que tenía en su poder para que le diese los cincuenta pesos en que la tenía empeñada, con una capa blanca con galón, que inmediatamente pasó y saliendo á recibirlo al medio de la sala, ya con los cincuenta pesos en la mano, se los dió, y lo despidió, observando estaba vistiéndose de limpio: preguntado dónde había vivido aquellos últimos días, y dónde al presente, respondió que en la calle de la Aguila, en un cuarto interior, y para componerlo se había pasado á la accesoria de la misma casa, y habría como quince días que volvió al referido cuarto (constando de la casera que aquella misma noche había vuelto al dicho cuarto), diciendo tenía miedo no lo mataran en la accesoria por robarlo.»

En vista de tan claras y manifiestas contradicciones, le tomó su señoría la espada, y lo mandó aprehender por medio de un piquete de soldados que tenía prevenidos, quienes habiéndolo atado le registraron las faldriqueras, y le encontraron veinte pesos en un pañuelo: con este hecho lo bajaron públicamente como á las diez del día á la real cárcel de corte, y en seguida su señoría,

«Estando en dicha real cárcel, á efecto de continuar la declaración de Aldama, sobre los nuevos particulares que había ofrecido una mera contingencia, lo hizo parecer ante sí, quien sin embargo de las exquisitas y estudiosas preguntas que le hizo, para venir á dar al objeto del desempeño de la capa y libranza; contestó categóricamente Aldama con el mayor desenfado, concordando en lo declarado por el cajero: diciendo, que los cincuenta pesos había pagado de más de ochenta que había ganado en los gallos, como lo podrían declarar los encomenderos Villalba y Peredo, los que examinados aseguran haber ganado como diez y seis ó veinte onzas: pero que al fin salió perdido, y aunque en la ganancia de este dinero hubo algunas variaciones, con un genio tan astuto y vivo, al instante persuadía, y quería hacer ver lo contrario.

«En este estado trajeron la dicha capa blanca que estaba en su casa, y un sombrero negro salpicado de sangre, con una gota de cera en la orilla del casco; y puéstoselo de manifiesto, lo reconoció todo por suyo, y héchosele cargo de aquella sangre, dijo; que como había ido á la procesión de desagravios á San Francisco en que había habido azotados de sangre, lo habían salpicado, y aun en la cara le habían caído dos gotas que con la mano se limpió, sobre que se le hicieron fuertes cargos, y se mantuvo con su dicho. Igualmente se le hizo otro acerca de la gota de cera, por haberse alumbrado en la facción de los homicidios y robo con vela de cera, dijo: que como había ido á alumbrar al Señor de la Misericordia el día de la ejecución de Paredes en la Acordada, y como era natural ir con el sombrero en la mano y la vela ardiendo, le cayó la que se le demostró, como otras muchas en la capa que se había quitado el mismo día, con una cuchara con una brasa, por no tener plancha. Reconvenido por su señoría por una mancha de sangre que le advirtió, como medio peso, en el terciopelo de la vuelta de la capa que tenía puesta, dijo que era de las narices, como lo acreditaba con el pañuelo que tenía en la bolsa, que igualmente estaba ensangrentado; y á mayor abundamiento, para mejor prueba, fuesen á ver debajo del petate de la bartolina donde estaba su colchón, la porción que había vertido de las narices el día anterior.»

En este estado se suspendió la diligencia.

Inmediatamente el señor juez, en vista de las contradicciones de Quintero, de las mutaciones que le advirtió en el semblante y la ambigüedad con que declaraba y se retractaba. En seguida mandó se reconociera la accesoria en que había vivido y el cuarto que en la actualidad tenía interior.

Pasado inmediatamente su señoría y el escribano actuario, acompañados del capitán Elizalde y los comisarios extraordinarios de su asistencia; se reconoció la puerta de la accesoria que estaba manchada de sangre, asegurando los reos no haber habido motivo para que la hubiese, pues ninguno salió herido ni llevaron cosa que la manchara, y abierta ésta, se encontró descombrada sin trasto alguno, y levantándose á mano derecha al pie de la ventana la primera viga, se percibieron las talegas, y levantadas todas, se hallaron 21,634 pesos un real efectivos, inclusos ochenta que había con otra porción en un pañuelo. Un envoltorio en otro pañuelo con siete pares de medias de seda, cuatro pares de calcetas, cuatro camisas, una usada y tres nuevas, y una pieza de saya-saya carmesí; en una bolsita de mecate se hallaron las hebillas y charreteras del difunto, dos rosarios y un reloj de plata antiguo, lo que, sacado públicamente, se pasó á reconocer el cuarto interior y levantando sus vigas, no se encontró novedad alguna debajo de ellas; pero sí en la ropa, pues se encontró un chupín rociado de sangre, dos sombreros manchados de lo mismo, que después se verificó ser uno de Quintero y el otro de Blanco; tras de la puerta, á mano derecha, estaba una tranca gruesa con muchas señales de tajarrazos con machete ó sable amolado, como que en ella habían hecho experiencia y prueba de su corte ó fortaleza. Un belduque bajo un colchón. Todo lo cual se condujo en un carro al real palacio, custodiado de soldados, con más, unas medias de color gris ensangrentadas que estaban debajo de las vigas de la accesoria; y depositándose en cajas reales el dinero, lo demás se pasó á la sala de justicia para el reconocimiento y convencimiento de los reos, á quienes al instante se les puso un par de grillos más.