Evacuada esta diligencia, mandó su señoría se pasasen los cadáveres de los criados á la real cárcel de corte, donde fueron conducidos en tablas y escaleras, por medio de los comisarios de su señoría, á lo que fué indecible el numeroso concurso que asistió quedando en la casa Dongo y D. Nicolás Lanuza, los que á la noche pasaron á la iglesia del convento de Santo Domingo, donde al día siguiente por la tarde se sepultaron, con asistencia de dos de sus agresores (según se dice).
Inmediatamente se proveyó auto cabeza de proceso, dictándose las providencias más severas y rigurosas órdenes, expidiéndose en el acto las cordilleras correspondientes, hasta para caminos extraviados, previniéndose en ellas las reglas y método con que debían manejarse los respectivos justicias del Departamento á que se dirigían para su puntual observancia; oficio al capitán de la Acordada para la solicitud y aprehensión de los que pudiesen descubrirse culpados: órdenes á los capitanes de la sala, para que previniesen en todas las garitas lo conducente, por si pasase ó hubiese pasado alguno ó algunos fugitivos con carga ó sin ella, los que aprendiesen y dieran cuenta, como de cualesquiera ocurrencia ó indicio ó presunción que se advirtiese, con otras varías al caso conducentes. A los hospitales, por si ocurriese algún herido. A los mesones, para tomar razón individualmente de los que estaban posando, quiénes, de dónde, con qué fin y destino se hallaban en esta ciudad, si la noche del suceso habían salido, ó quedádose fuera alguno de ellos. Al cuartel de dragones, por los soldados que hubiesen faltado la misma noche. A los plateros con la muestra semejante á la de las hebillas que faltaban al difunto, por si ocurriesen á venderlas ó tasarlas. Al Baratillo y Parián por lo que pudiese importar. A las concurrencias públicas y demás diversiones, por las luces que pudieran producir. A los alcaldes de barrio y sus comisarios, para que por su parte practicasen las más vivas y exactas diligencias. A los demás justicias del distrito, con otras muchas que no tienen número ni ponderación.
No cesando el infatigable celo de su señoría, con cuantos arbitrios le dictó la prudencia, procedió, á consecuencia de lo determinado, á la pesquisa, examinando á los que dieron cuenta del suceso, á los vecinos, y cuantos se consideraron útiles á la calificación y descubrimiento de los homicidas.
En este acto se proveyó auto para entregar las llaves á D. Miguel Lanuza y D. Francisco Quintero, de esta vecindad y comercio, á quien se nombró de depositario con las debidas formalidades: se sacó el testamento, que se entregó á la parte de la ilustre cofradía de Nuestra Señora del Rosario, para que procediese á poner en ejecución las disposiciones del testador, como su albacea y heredera, y que corriesen los inventarios por cuerda separada, como asunto civil é incompatible á esta pesquisa.
En el siguiente domingo 25 se examinaron á cuantos amoladores fueron habidos, por las armas que hubiesen amolado. A los cirujanos que se encontraron, por los heridos que hubiesen curado. A los vecinos de por Santa Ana y calle de Santa Catarina Mártir, sobre un coche que se decía haber pasado la misma noche y hora del suceso, con precipitación, y no consiguiéndose otra cosa que un mar de confusiones; sin embargo, se continuaron haciendo muchísimas extraordinarias en ronda, registrando accesorias sospechosas, cateando casas, vigilando concurrencias, vinaterías y demás parajes de esta clase, hasta que en este cúmulo de confusiones, en que el público y su señoría se hallaban, dió Dios á luz, por un vehemente indicio, á uno de los agresores.
El lunes 26 del mismo ocurrió á su señoría cierta persona de distinción, denunciándole privadamente: Que el sábado anterior, yendo por el cementerio de Santa Clara, como á las tres y media de la tarde, se puso á parlar con un amigo, y que á corta distancia estaba igualmente parado en conversación D. Ramón Blasio, con una persona que no conoció, á quien le advirtió en la cinta del pelo una gota de sangre, que aún la conservaba fresca en aquel acto, y vacilando sobre esto, por si acaso pudiese ser alguno de los delincuentes, lo había consultado con personas de juicio y prudencia, con cuyo acuerdo lo participaba á su señoría.
En vista de esta noticia, que tuvo á las cinco y media de la tarde, mandó inmediatamente por el expresado D. Ramón, relojero de la calle de San Francisco, quien examinado sobre el particular, dijo: Que el sujeto con quien había conversado en el cementerio de Santa Clara el sábado anterior, era D. Felipe María Aldama y Bustamante, el que vivía en la Alcaicería; lo que oído por su señoría, dió inmediatamente orden para que lo fuesen á aprehender, y habiendo ido el capitán Elizalde, D. Ramón Blasio y los ministros de asistencia de su señoría, no encontrándolo en su casa, se mantuvieron ocultos en ella hasta como las ocho y media de la noche, que llegó con la ronda de la Acordada, diciendo era reo suyo, pues iba con él, sobre lo que se ofreció disputa y competencia entre ambos hasta el grado de haber pasado dicho capitán de la Acordada á ver á su señoría, á cuyo tiempo llegó el señor juez originario, y lo mandó pasar á la real cárcel de corte, donde quedó á su disposición en una bartolina, y cuando volvió de ver á su señoría, dicho capitán se halló con él en la cárcel.
Algunos dicen que iba con Aldama para que entregara á Blanco por querella de su tía, y otros que iba á catearles la casa por algunos indicios que tenía sobre este particular.
El martes 27, á las siete y media de la mañana, pasó su señoría á la real cárcel, donde habiendo puesto entre otros reos decentes, en una pieza reservada al citado Aldama, hizo entrar al denunciante para identificar la persona, quien al punto lo conoció y entresacó de todos.
«Recibídole juramento á Aldama y preguntádole sus generales, expresó ser natural de San Juan Bautista Quesama, provincia de Alava, en el señorío de Vizcaya, soltero, sin ocupación en aquella actualidad, por estar siguiendo una incidencia en la causa criminal que se le siguió en la Acordada, acumulándole un homicidio de que había salido idemne dejándole su derecho á salvo, de que tenía documento, y que cerca de diez años ha que había venido al reino, de edad de treinta y dos años, ser noble notorio hijodalgo, cuya calidad justificaría, y para ello exhibía, un documento que se le devolvió con reserva de su derecho para que lo presentase en tiempo oportuno. Preguntado dónde había andado el viernes anterior, con quiénes y en qué forma, dijo: Que como á las tres y media de la tarde fué á la plaza de Gallos donde se mantuvo hasta cerca de la oración, que regresado á su casa llegó á poco rato D. Joaquin Antonio Blanco, con quien fué á la casa de su tía á reconciliarlo con ella por cierta desavenencia; que no habiéndola encontrado, se restituyó á su posada, donde se quedó á dormir Blanco, hasta que á la mañana siguiente salió á buscar á su tía. Preguntado dónde y cuándo tuvo noticia del suceso de la casa de Dongo, dijo: Que estando el sábado como á las ocho de la mañana en la esquina del Refugio con D. Rafael Longo, llegó con la noticia un galleguito, y hablando con Longo, Aldama le dijo: hombre, dicen que han matado á Dongo y toda su familia, y que el comercio está alborotado; que asombrados del caso se separaron los tres, y Aldama se fué para la Acordada, á participarlo á su capitán. Preguntado con quién estuvo en la calle de Santa Clara aquella tarde, qué trataron, y adonde se dirigió después, respondió que con el relojero D. Ramón Blasio, con quien conversó sobre el suceso de que trata la causa; luego pasó á la calle del Aguila á la casa de Quintero, y no encontrándolo se pasó á los Gallos. Héchosele cargo sobre la mancha de sangre que tenía la cinta del pelo, que reconoció, dijo: Que como iba á los gallos donde los que mataban solían para sacarlos pasarlos por las cabezas de los concurrentes, no ponía duda en que le hubiese caído alguna gota. Preguntado de qué se mantenía con la decencia que se advertía, dijo: que de las libranzas que le mandaba de Querétaro su primo el marqués del Villar del Aguila, y otros sujetos que le prestaban; que desde el último Junio había recibido más de mil y seiscientos pesos por mano de D. «Joaquín Antonio Yermo, á más de que de «los gallos solía adquirir algunos reales.»