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Entre cuantos ejemplares de excesos y delitos ha manifestado la experiencia desde la creación y fundación de esta imperial corte mexicana, no se ha experimentado otro más atroz, más alevoso ni más desproporcionado, así por sus cualidades y circunstancias, como por las extraordinarias disposiciones de la ejecución, que el que sucedió la noche del día 23 de Octubre de 1789, en esta ciudad, en la calle de los Cordobanes, en la casa de uno de los republicanos de mejor nota, vecino honrado de este comercio, prior que fué del real tribunal del consulado, D. Joaquín Dongo, por tres personas europeas, de noble y distinguido nacimiento, quienes en un proviso fueron la destrucción suya, y de toda su familia, sin reserva, limitación ni excepción alguna, robándoles su vida y hacienda con la mayor inhumanidad.

Es el caso, que el día subsecuente, sábado 24, como á las seis de la mañana, vió un dragón cerca de su cuartel, en el barrio de Tenexpa, un coche solo, sin quien lo dirigiese y cuidase; con el que dada cuenta á su jefe le ordenó éste solicitase á su amo, y no faltando prontamente quien lo conociese, asegurando ser de Dongo, ni quien por grangear alguna dádiva ó gratificación le pasase noticia, fué un cochero cerca de las ocho á participárselo á Dongo; pero encontrando la puerta cerrada pasó á la de la cochera, y empujándola se le puso á la primera vista el horrendo espectáculo de Dongo y sus criados cocidos á puñaladas, sembrados todos por el patio, con lo que retirado inmediatamente llevó por gratificación aquel asombroso encuentro, que al instante comunicó al alcalde de barrio de aquel recinto, D. Ramón Lazcano, quien instruído de ello, pasó á participarlo al Sr. D. Agustín de Emparan, del consejo S. M., alcalde de corte de esta real audiencia, juez de provincia y del cuartel mayor número 4.º, comprensivo á dicha casa, quien con su notorio celo y eficacia, pasó inmediatamente, y por ante D. Rafael Luzero, secretario del oficio de cámara más antiguo de esta real sala, procedieron respectivamente al más prolijo reconocimiento de los cadáveres, á la fé de aquellas atroces heridas, y á la más exacta observación de cuantos indicios, fragmentos y resquicios podía ofrecer la contingencia para inferir luces al descubrimiento de los agresores.

Entrados en la casa por la cochera, se encontró á primera vista bajo la escalera del almacén un xacastle de varias vituallas y trastos de camino, que según se informó era del indio correo, de la hacienda de Doña Rosa, propia del difunto, que había de haber salido aquella mañana; á corta distancia un candelero de plata, á la derecha se reconoció el zaguán, y la puerta principal que se hallaba cerrada con llave, y en el suelo unos cordeles delgados del mismo con que parecía estar atados los porteros. Más adelante, en la misma derecha, como á distancia de dos varas de la escalera principal, estaba D. Joaquín Dongo, tirado en el suelo, envuelto en su capa y sombrero, con varias y atroces heridas, así en la cabeza como en el pecho y manos, y de una de las cuales tenía separados dos dedos enteramente; la del pecho penetrante hasta la espalda, y la cabeza abierta de medio en medio, sin hebillas, charreteras y relox. A sus pies el lacayo, reclinado á la derecha, con fuertísimas heridas en la cabeza: dividido el cráneo. En la covacha que está bajo de dicha escalera, se vió en medio de ella tirado boca abajo, atadas las manos por detrás, al portero jubilado, que le llamaban el Inválido, revolcado en su sangre, con la cabeza igualmente destrozada. En la puerta de la bodega el cochero con iguales heridas. En el cuarto del portero actual, se halló dentro al indio correo, tirado en la misma forma, con la oreja derecha separada, y destrozada la cabeza. A los pies de éste, el portero actual, con las manos atadas por detrás, con igual número y clase de heridas.

Reconocido el segundo patio, sus cuartos y caballerizas, y demás piezas interiores, no se encontró novedad digna de reparo.

Pasado á reconocer el entresuelo, se encontró en la primera pieza un baúl descerrajado ó abierto, del que faltaron cincuenta pesos á D. Miguel Lanuza, cajero y sobrino de Dongo, según éste expresó últimamente. A la tercera se halló en su cama desnudo á D. Nicolás Lanuza, padre de dicho cajero, con una fuerte herida, en la cabeza, la que igualmente le dividió el craneo; otra en la cara hacia el lado derecho, otra en la mano derecha que en el todo tenía separada, con otras varias de igual consideración; el que estaba boca arriba con las piernas encogidas, con una escopeta en la cabecera, inclinada hacia abajo, en acción de que había intentado usar de ella, y los calzones encima de la cama, como que los había querido tomar de su pretina.

Entrando en el almacén se encontraron de menos (según se reconoció por dicho D. Miguel Lanuza) varios papeles de medias, y como nueve mil pesos que estaban en plata bajo del mostrador. La siguiente pieza se encontró descerrajada, y aun quebrados los barrotes de la puerta; en medio de ella unos papeles quemados, los que según se reconoció, eran de marca, blancos, y una arca ó caja descerrajada, en que había catorce mil pesos efectivos en plata, y encima de la mesa una vela de cera, que demostraba haberles servido á los agresores en su empresa.

Habiendo subido á las piezas principales y tomado el camino á la derecha hacia el pasadizo de la cocina, se encontró á la puerta de ella á la galopina (que estaba recién entrada, como de quince á veinte años) tirada boca abajo, con la cabeza igualmente destrozada, en grado que los sesos se hallaban por el suelo y los cabellos esparcidos, tan bien cortados que parecía haber sido con tijeras.

En la cocina estaba la cocinera boca arriba, con la cara y cabeza destrozada. Entrando para las piezas principales, se halló en la anteasistencia á la lavandera, tirada en la misma forma, con dos heridas penetrantes en la espalda, otra en el brazo derecho, quebrado y dividido el hueso, y varias en la cabeza. En la asistencia se encontró á la ama de llaves en la misma disposición, en el estrado, y con la misma especie de heridas en la cabeza y brazos. En la siguiente pieza, que es la recámara, se halló descerrajado el ropero y un baúl de carey y concha grande. En las salas de recibir no se encontró novedad en el ajuar, que era de plata, ni en la labrada que andaba suelta. En el gabinete del difunto se encontraron descerrajados dos cofres, y en el suelo algunos géneros y calcetas nuevas. Una escribanía abierta con una gaveta menos que se encontró encima del mostrador del almacén. Reconocida la azotea y demás interiores de los altos, no se encontró más novedad que unas gotas de sangre en la escalera que subía á ella, que se supone ser de los sables ensangrentados con que subirían á registrarla, recelosos de no haber sido vistos ó sentidos, y asegurarse más para su intento.

En este mismo acto procedieron de orden de su señoría los maestros profesores en cirugía D. José Vera y D. Manuel Revillas, á la inspección y reconocimiento práctico de los cadáveres con la mayor prolijidad y esmero.