—Otra equivocación tal vez, les dijo. Creerán que yo tengo papeles reservados. ¡Qué error! Todo lo que vds. traen no contiene más que apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se extravíen.
Los embozados, al oír esto, descansaron el baul en el suelo, le abrieron y metieron cuidadosamente los papeles.
—Esto sí es singular, pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose á ellos, les dijo: Como habrán vdes. observado, no soy hombre que tengo miedo, ni menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Deseo únicamente que vdes. me digan lo que tengo yo que hacer, y que vdes. hagan breve lo que les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo á ocuparme más de lo que ha pasado.
Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura, y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría á cabo irremediablemente. Ocampo le examinó de pies á cabeza con mucha sangre fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá esa misma figura alguna otra ocasión.
—Supongo que no me he equivocado, y que vd. es el Sr. D. Melchor Ocampo, le dijo el hombre misterioso.
—Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi vida; pero ahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?
—Tiempo hemos tenido para cometerlo, le respondió el desconocido con alguna dureza.
—¿Pues entonces?
—Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baul á propósito y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el mismo estado y tendríamos mucho gusto si el Sr. Ocampo pasa á cerciorarse de que lo que digo es la verdad.
—Me doy por satisfecho.