—Entonces, dijo el hombre misterioso, el Sr. Ocampo tendrá la bondad de seguirme.
—Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? preguntó Ocampo con calma.
—No quisiera yo que llegáramos á ningún extremo, y sentiría de veras hacer cualquiera cosa que pudiera ofender á vd.
Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un rato, y luego dijo:
—Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin oponer resistencia alguna estoy decidido á seguir con toda calma esta aventura. Vamos.............. ¿supongo que se me permitirá tomar un abrigo?
—Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría, respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.
Ocampo se embozó en ella, entró á sacar á su ropero el dinero que tenía, y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.
Echaron á andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y colocándose á ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba un coche con un tiro de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que se descubrieron naturalmente, pero á los cuales no pudo reconocer. Los alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la entrada á Puebla y á Jalapa. Llegaron á las afueras de Veracruz una tarde á la hora del crepúsculo. Se dirigieron á pie al muelle, é inmediatamente se transladaron á una barca que estaba ya con las velas henchidas y el piloto á bordo. Antes de anochecer sopló un viento favorable, y á la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron á Burdeos.
—Antes de que nos separemos, dijo el hombre misterioso á Ocampo, quiero pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los límites de la buena educación, y me atrevo á creer que nuestra compañía no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara en que nos hemos encontrado.
—Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente, dijo Ocampo con cierto acento irónico; pero en verdad, yo no estoy enfadado con ninguno de vds. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y si la compañía de vds. debe aún continuar algún tiempo más.