—Aquí nos debemos separar, y solo espero que en cambio de nuestros cuidados nos prometa vd. no pasar á tierra sino hasta que haya salido aquel barco que cabalmente comienza á levantar sus anclas. Aquí está una cartera que suplico á vd. reciba y no abra ni examine hasta que se halle instalado en la posada que elija en Burdeos.

—Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y á nada me opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México á otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente á 250 pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no fué desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que observase el mundo y que no volviese á México sino cuando personas que se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió á mi padre una persona respetable y formal, y yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad, y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví á preguntarle si era cierto lo que había oído referir respecto á su primer viaje á Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se contaba: así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fué que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con economía, sino hasta con miseria, y se dedicó á estudiar las ciencias naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fué muy notable.

Otra anécdota ha llegado á mi noticia, y quien pudo conocer el carácter de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos á un café donde acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente el francés, y habiendo oido decir algo de México, fijó la atención en un grupo que se hallaba á poca distancia. Entre otras cosas graves é injurias relativamente á México, uno de los tertulianos fijó esta proposición general: Los mexicanos todos son ladrones.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy buen francés:

«Señores, alguno de vds. ha dicho que todos los mexicanos son ladrones. Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en consecuencia, el que ha sentado tal proposición, ¡miente!»

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente á su asiento y siguió tomando su café.