Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor, pero á poco comenzaron á discutir y á vociferar. Ocampo les volvió la espalda en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se levantó, y dirigiéndose á Ocampo, le dijo:

—Espero que mañana, antes de las seis, os presentareis aquí con vuestros testigos.

—Ahora mismo es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano á Ocampo y se pusieron á su disposición.

—¿Cuáles son vuestras instrucciones?

—Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de una manera ó de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No vaya á creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme á su conciencia y á su deber, no conocía el miedo.

II

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia una grande y productiva hacienda de campo en el Estado de Michoacán, que se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó á propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de haber recibido sus bienes dió pruebas evidentes de su aptitud, y más que todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La primera providencia de Ocampo fué llamar á todos sus acreedores.