Un antiguo caudillo de la libertad daría con su voz autorizada el prestigio de la revolución. En el mapa de nuestros recuerdos se encuentra señalado con una estrella roja el pueblo de Ayutla, punto de la erupción cuya lava debía extenderse sobre los campos todos de la República.
No seguiremos en esta vez la marcha trabajosa de esa revolución hasta su triunfo definitivo, porque vamos en pos de la huella de un hombre, objeto de nuestro artículo.
El gobierno democrático quedó instalado, y la idea de la Reforma aceptada como una conquista del siglo y de la civilización.
El gigante se sintió herido; alzóse terrible en sus convulsiones; rota su armadura, aun podía empuñar la clava y provocar una reacción momentánea; pero qué diría de sus esfuerzos sobrehumanos antes de declararse vencido y humillado ante sus adversarios.
El motín, la conspiración tenebrosa, la tribuna eclesiástica, la cátedra, todo, todo se puso en juego para falsear los principios victoriosos.
El 11 de Enero de 1858, la reacción tornó á enseñorearse de la capital, comunicando su movimiento á los puntos más distantes de la República.
Juárez, después de una marcha trabajosa y de vicisitudes por el interior del país, se embarcó en el Manzanillo, y atravesando el istmo de Panamá, entró sereno, como la barca que le conducía, á las aguas del Golfo, y estableció su gobierno en Veracruz hasta el triunfo definitivo de la idea progresista.
La revolución tronaba como la tempestad en el cielo de la República.
Se alzaron cien patíbulos, corrió la sangre, se consumaron venganzas inauditas, el clero se arrancó la máscara, y se entró en la lucha más terrible que registran nuestros anales.
Volvamos á nuestra individualidad. Leandro Valle quedó fiel á su bandera, quemó sus últimos cartuchos en las calles de la capital, y marchó después á unirse con el ejército al interior de la República.