México, independiente, cayó bajo el poder del clero, y la sociedad yacía esclava de las prácticas religiosas en su orden político y su construcción administrativa.

Acabó la unción de los reyes; pero el presidente iba á consagrar su cabeza bajo el palio y á arrodillarse en los mármoles de la catedral, y á inclinar la frente agobiada, al resonar en las bóvedas el canto de los Salmos.

El poder civil desaparecía ante la potestad canónica, ante esa vara mágica que abre á su contacto las puertas del cielo y las del abismo.

Desde las aldeas hasta las ciudades, ostentaban, templos y monasterios, sitios de tormento para las vírgenes, foco de pereza y de histérico para los cenobitas, rompiendo de continuo los votos esas cadenas que el ascetismo de los siglos medios ha querido imponer á la naturaleza.

Avasallada la sociedad por el sentimiento religioso, subyugada por el fanatismo y ultrajada por una soldadesca inmoral y desenfrenada, sintió la necesidad del sacudimiento; la prolongación del letargo podía llegar hasta la muerte.

Brotó la idea de la Reforma como una fosforescencia de su cerebro; la idea necesitaba armarse, combatir, triunfar.

Los que habían puesto el dogma de la intolerancia en las cartas políticas, no eran seguramente los hombres de la revolución.

Los que habían combatido al lado del estandarte de la fe, pertenecían al pasado. No quedaba sino la nueva generación para realizar el pensamiento reformador de la sociedad.

Pero la juventud necesitaba una guía en el terreno práctico de sus aspiraciones patrióticas.

Hidalgo había dado el grito de libertad cuando su cabeza estaba cubierta con el hielo de la vejez; era necesario buscar para la Reforma otra organización privilegiada que no cediera á los embates de la revolución, que se presentaría terrible como nunca.