Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese soplo vivificante de la inmortalidad.
Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda por los historiadores del porvenir.
No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en la idea que opera transformaciones tan gigantes.
La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre al través de la humanidad entera.
Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.
Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.
Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida, como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia de su época en las transformaciones sociales.
Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del Nuevo Mundo.
La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el fenómeno.
Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir, sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se comprende.