Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna, desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana, funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos. Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del catolicismo.—Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es otro el objeto de nuestro artículo.

II

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió señalando la tierra prometida, al pueblo á quien había guiado en el desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á un relapso; entonó los salmos Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo magnífico. La juventud se apoderó de aquellos estandartes que debían llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía llevar en sus labios el fiat de la creación, porque sus filas aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.