Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo: la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo, recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables. Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una nueva catástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento, dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado, tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne de la resurrección!

III

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades, se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de guerra.