El pueblo se agolpó á las galerías de la Cámara, buscando un eco bajo aquellas bóvedas, y se encontró con un espectáculo que no esperaba, y que se registra en la sesión del 4 de Junio de 1861.
En medio de la terrible fermentación de los ánimos, cuando todas las voces se convertían en un alarido de venganza, se vió aparecer sobre la tribuna á un hombre de aspecto siniestramente sereno, dejando ver, no obstante, las señales marcadas del dolor sobre su rostro.
El aparecimiento repentino de aquella figura solemne aplacó la tempestad desencadenada; entonces se dejó oír el acento patriótico, que había resonado tantas veces en los campos de batalla y la tribuna revolucionaria: era la voz de Don Santos Degollado, que vibraba con una entonación lúgubre, demandando de sus jueces el permiso para vengar la sangre del patriarca de la democracia. Ave, Cæsar, moriture te salutant!
V
El 15 de Junio, ese año histórico de 1861, el general Degollado presentaba batalla á la reacción en el monte de las Cruces.
El enemigo le tendió un lazo horrible, aparentó retroceder é hizo caer en una emboscada á los soldados republicanos. En medio del desórden que sigue siempre á una sorpresa, el general quiso reconquistar lo perdido y llamó con su voz de trueno á sus huestes, que se perdían entre los pinares y rocas de la montaña.
Aquella voz atrajo la atención del enemigo, que se precipitó sobre el general, á quien el caballo le faltó en los momentos supremos, rodando sobre las piedras.—Pocos momentos después, la reacción llevaba en triunfo el cadáver de Don Santos Degollado, horriblemente mutilado y como un despojo de la batalla.
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¡Descansa en paz, sublime mártir de la libertad republicana! Los pendones enlutados de la patria sombrearán tu sepulcro en son de duelo, y el libro de la historia guardará tu nombre en esa página reservada á los mártires y á los héroes!
Juan A. Mateos.