La hora había sonado para las antiguas preocupaciones; el poder del clero se hundía al Dies iræ de la revolución en los avances del siglo, y los últimos soldados de la fe luchaban desesperados en nombre de una causa sentenciada en el tribunal augusto de la civilización.
El pueblo combatía bajo los pendones del progreso, y oponía su sangre como en los días primeros de su emancipación, á los golpes postreros de sus enemigos.
El patriarca de la Libertad que como el mito de la religión pagana convertía las piedras en hombres, levantando ejércitos con sólo el esfuerzo de su aliento y la fe de su constancia, acercó atrevido sus trágicos estandartes á la capital de la República, clavando su bandera sobre ese cerro histórico de Chapultepec, como un cartel de desafío á sus adversarios.—Menguaba el astro de aquel hombre sublime, mientras ascendía en el cielo de la patria el sol de sus libertades. La historia señalaba el 11 de Abril de 1859 como una fecha siniestramente memorable para la República.
Libróse una batalla sangrienta en que las huestes del pueblo quedaron derrotadas sobre aquel campo. Hasta ahí, nada presentaba de particular el lance de guerra, sino la heroicidad de los vencidos.
Abrimos un paréntesis para dar lugar al relato escrito en la misma noche del 11 de Abril, y bajo las impresiones dolorosas de aquel suceso.
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El 11 de Abril de 1859 trabóse una batalla en las lomas de Tacubaya, y el general Degollado resolvió emprender una retirada, señalando una corta sección que resistiera el empuje de los soldados de la guarnición de México. Esta sección combatió con valor hasta agotar sus municiones; la villa fué invadida, el palacio arzobispal ocupado por los soldados de la reacción, que viendo vencidos á sus enemigos les hicieron fuego y los lancearon en todas partes, sin hacer distinción entre los heridos.
Algunos jefes y oficiales quedaron prisioneros al terminar la acción del 11. Los heridos no pudieron seguir la retirada, y quedaron en hospitales improvisados en el Arzobispado y en algunas casas particulares. Con ellos quedó el jefe del cuerpo médico-militar del ejército federal y tres de sus compañeros que creyeron inhumano y desleal abandonar á hombres cuyas vidas podrían salvar, cuyas dolencias podrían mitigar.
Un día antes de la acción se supo en México que eran muy pocos los profesores que venían en el ejército federal, y que esta escasez podía hacer mucho más funestos los resultados de una batalla. Esta noticia hizo que algunos jóvenes estudiantes formaran y llevaran á cabo el noble proyecto de ir á Tacubaya á ayudar gratuitamente á los facultativos y á cuidar y operar á los heridos de los dos ejércitos.
Terminada la acción, varios vecinos recorrían el teatro de la batalla para informarse de lo ocurrido y auxiliar á los moribundos.