—«Ahora, no mas me sigues y callas.

«Santiago cerró su casa, y siguiéndole yo llegamos á la puerta de las cárceles del Santo Oficio.

«Al penetrar debajo de aquellas bóvedas macizas; de aquellos inmensos corredores, tan opacamente iluminados, sentí frio, terror. Muy pocos rostros encontraba descubiertos, á no ser los de algunos presos cuando atravesábamos por los calabozos; pero estos presos eran los distinguidos, los que tenian derecho á ciertas consideraciones.

«Despues de haber caminado bastante, Santiago me dijo al oido:

—«Vamos á ver si penetramos á las cárceles secretas,—y me guió á un aposento en donde estaba un viejo sentado en un sillon de vaqueta y leyendo el Oficio Divino.

—«¿Me toca el registro?—dijo Santiago presentándosele.

—«¿Quién eres?

—«Santiago y su acompañante.

Y Santiago se descubrió el rostro.

—«Toma, le dijo el viejo, dándole un gran manojo de llaves.