—«Bueno: mañana á las ocho.

«Puntual estuve á la cita al dia siguiente. Santiago estaba solo en su casa: ni Andrea, ni nadie habia allí. Apenas me vió entrar, me dijo:

—«¿Estás resuelto?

—«Sí.

—«He despachado fuera de casa á mi muger para que nadie se entere de nada: vístete esto.

«Y me entregó un gran saco de sayal con su capuchon.

—«Un compañero que debia ir conmigo esta noche—me dijo Santiago—está enfermo; tú vas en su lugar: encomiéndate á Dios para que nos saque con bien.

«Vestí el saco de sayal y me calé el capuchon que me cubria la cara y la cabeza; las mangas del saco eran tan largas, que ocultaban mis manos.

—«No saques las manos—me dijo—y te desconoscan por ellas.

—«No señor.