—«Pero segun sé, Doña Beatriz,—dijo el virey que habia permanecido en silencio—ese esclavo es culpable.

—«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los inocentes.

—«Teneis razon de sobra,—dijo el virey—alzad, que yo os lo prometo.

«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto, y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.

«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña Beatriz, mi vida y mi felicidad.

XVI.
De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste.

DOÑA Luisa, la muger del comerciante Don Manuel de la Sosa, era sin disputa una de las mas bellas y elegantes damas de la ciudad.

Nadie habia conocido á sus padres, y de la noche á la mañana, como decia el vulgo, Don Manuel apareció casado con ella, celebrando con gran suntuosidad sus bodas. El marido contaba á sus amigos que Luisa era española, y que al llegar á Veracruz la enfermedad le habia arrebatado en una semana á sus padres, grandes amigos de Don Manuel; que ella le habia escrito, él la habia mandado traer para que no quedase abandonada, y que luego mirándola tan bella y tan buena, la habia hecho su esposa: Luisa además, era al decir de Don Manuel, perteneciente á una familia noble de Estremadura.

Aunque todo esto tenia mucho aire de novela, el público lo creyó, por lo mismo que el público es mas afecto á creer lo maravilloso que lo natural, y además, porque á los ricos se les cree muy fácilmente lo que dicen, y Don Manuel si no lo era, pasaba la plaza de tal.

Vivieron así algunos años sin tener hijos, y Luisa ostententando un lujo asiático. Apenas los ricos cargamentos que llegaban por Acapulco en la nao de China se anunciaban en México, Luisa se apresuraba á comprar.