Soberbios pañuelones bordados, telas finísimas de nipis, tibores y jarrones fantásticos, vajillas de porcelana, adornos y juguetes de plata y de marfil; todo lo mas valioso y lo mas escogido iba con seguridad á parar á la casa de Don Manuel de la Sosa.

Los comerciantes hacian entre sí el balance de los capitales de Sosa, que ellos poco mas ó menos conocian, y aquellos capitales no alcanzaban para el lujo de su muger, pero ella pagaba cada dia mejor, y en atencion á esto, los comerciantes acababan por convencerse de que no es bueno formar juicios temerarios.

El pueblo, menos escrupuloso, comenzaba á murmurar de la honestidad de las relaciones de Luisa con Don Cárlos de Arellano, á quien todos llamaban el mariscal, y con el rico propietario Don Pedro de Mejía.

En este estado iban las cosas en el punto en que volvemos á tomar el hilo de nuestra historia.

En una soberbia cámara, Luisa sentada en un sitial cerca de una ventana, dirigia de cuando en cuando indolentes miradas á la calle. Esperaba, pero sin empeño, sin deseo, sin impaciencia.

Serian las once de la mañana, y un lacayo anunció al señor Don Pedro de Mejía.

—Que pase luego—dijo Luisa, procurando tomar inmediatamente un aire lánguido y triste.

Don Pedro entró en la cámara, y puso sobre un sitial su sombrero adornado con una pluma blanca prendida con una deslumbradora joya de diamantes.

Don Pedro estaba muy lejos de ser un hombre simpático y bien formado, su estatura menos que regular, su barba fuerte y espesa, sus cejas juntas, su mirada torba y sus espaldas anchas y levantadas, le daban el aspecto de un hombre de la clase mas baja del pueblo, parecia mas bien un verdugo que un caballero.

Vestia siempre con ostentacion repugnante, cargado de cadenas y de joyas.