—Enciende luz—dijo Martin.
Se oyó el choque de un eslabon contra la piedra, se vieron las chispas blancas del pedernal, y luego la roja lumbre de la yesca, y luego la azulada luz de una pajuela de azufre, y por último, el claro resplandor de una bujía de cera.
Un Zambo, cabezon y feo como un condenado, la tenia en la mano.
—¿Hay una espada?—preguntó Martin.
—Aquí están tres, las demas salieron porque andan de aventura los muchachos.
—Dame una pronto.
El Zambo dió á Martin una espada y una daga pendientes de un talabarte de cuero colorado muy viejo, con hebilla de fierro.
Martin se ciñó el talabarte, y volvió al lado del Oidor.
—Estoy á las órdenes de su señoría,—le dijo con una sonrisa maliciosa, y entre abriendo su balandran para mostrar sus armas.
Pero la noche era oscura, y el Oidor no pudo ver ni la sonrisa ni las armas, y preguntó: