—¿Me amas?—dijo Luisa calmándose repentinamente y sintiendo una alegría infantil é inocente,—¿me amais? ¡ah, sí! ya lo decia yo, que no podiais haberme engañado, jugando con un corazon vírgen como el mio; porque ya os lo he dicho Don Pedro, vos habeis sido mi primer amor; yo casada con Sosa por compromiso casi, sin saber lo que hacia, porque era yo casi una niña, no conocia lo que era una pasion, os ví, me hablásteis de amor, y un sentimiento nuevo brotó en mi corazon, y amé, amé por la primera vez de mi vida, y por vos he sacrificado todo, honor, virtud, religion y tranquilidad.........
—¡Luisa! ¡Luisa! yo tambien os adoro.
—¿Me adorais?—dijo Luisa como volviendo á caer en otra duda—me adorais, y sin embargo, todo el mundo habla ya de que antier habeis pedido formalmente la mano de Doña Beatriz de Rivera.
—Dejad á todo el mundo que diga lo que le plazca, mientras esteis vos segura de mi amor; ¿lo estais?
—Sí, á pesar de todo; pero decidme la verdad, ¿por qué se habla de ese casamiento?
—La verdad, Luisa, porque he tenido necesidad de atraerme así la amistad de Don Alonso de Rivera su hermano, para ciertos negocios de interes; pero os aseguro que nunca se efectuará esa boda.
—¿Y eso es de veras, no me engañais?
—No os engaño.
—Jurádmelo.
—Os lo juro.