—Ahora sí estoy contenta—dijo Luisa alegremente, y tomando una de las toscas y mal formadas manos de Don Pedro entre las suyas,—ahora sí estoy contenta. Ya lo veis, Don Pedro, jugais con mi corazon, con mis sentimientos, á vuestro arbitrio; me poneis triste ó contenta á vuestro antojo. ¿Pero decidme, vos para qué teneis necesidad de halagar á nadie por vuestros negocios? ¿No sois inmensamente rico?
—Por ahora sí.
—¿Por ahora sí? y decís eso con un aire tan triste, como si no dependiera de vuestra voluntad.........
—No depende.........
—No depende, porque no haceis caso de mis consejos. Don Pedro, como en todo el dia no pienso ni me ocupo sino de vos, creedme, mis consejos son el fruto de profundas meditaciones.
—No es posible.........
—Oidme, ¿qué tiempo le falta á vuestra hermana para entrar en el goce de su caudal?
—Cosa de tres años, si no se casa antes.
—¿Creeis que se casará?
—Ah, eso no, porque yo lograré impedirlo.