—No tengo sino mucho amor por vos, y mucho empeño por todo lo que os concierne.

—¿Y á qué convento creeis mejor dirigirse?

—Mirad, se trata de fundar uno de Carmelitas descalzas, bajo la advocacion de Santa Teresa: sé, á no dudarlo, que Doña Beatriz de Rivera, alucinada por la Madre Sor Inés de la Cruz, profesa del de Jesus María, apoya la fundacion. Esta Madre Sor Inés tiene fama de ser inspirada, ha llegado á dominar á Doña Beatriz, ¿por qué no dominaria tambien á vuestra hermana mas débil que Doña Beatriz, hasta obligarla á tomar el velo?

—Pero ni yo, ni Blanca, conocemos á Sor Inés.

—No importa, haced una donacion de reales para la fundacion, que podeis enviar por medio de Blanca á Sor Inés para que la presente al Arzobispo, y es un medio muy gracioso para que comiencen esas relaciones; tanto mas, que Sor Inés es muy protegida de Doña Beatriz, amiga de vuestra hermana.

—Pero eso me costará la amistad de Don Alonso, y pierdo algunos negocios que con él tengo pendientes.

—¿Y esos negocios os producirán lo que perdeis en caso de que Doña Blanca no profese?

—Ni la décima parte.

—Entonces no hay ni que vacilar.

—Cada dia os encuentro mas digna de ser adorada—dijo Don Pedro besando á Luisa en la boca.