—Si pierdo con Don Alonso—pensó Mejía, ganaré tal vez con Doña Beatriz que tiene un rico dote.

—Si Doña Blanca profesara ó muriera—pensó Luisa—Don Pedro seria sumamente rico, y como me ama, y mi marido puede morir en el dia menos pensado, y Don Cárlos no se opondria, yo seria la muger de este hombre.

Los dos habian quedado meditabundos.

—¿En qué pensais?—dijo de repente Luisa.

—¿Y vos?—preguntó Mejía.

—Yo en que os amo.

—Y yo tambien.

Sonaron las doce y Mejía se levantó.

—¿Os marchais, Don Pedro?

—Sí, que son las doce: ¿podreis recibirme esta noche?