—¿A qué horas quereis venir?

—A las doce como siempre.

—Perdonadme, Don Pedro; pero esta noche es imposible: mi marido ha convidado á cenar al alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, y estarán de sobre mesa hasta muy avanzada la noche, y querrán que les haga yo compañía.

—¡Ay!

—Qué.

—Que ese alcalde mayor me va dando en qué pensar.

—¡Ingrato! ¿Y creeis?.........

—No creo nada; pero todo el mundo dice.

—Don Pedro, os diré como vos á mí hace un momento: «dejad al mundo que diga lo que le plazca, mientras vos esteis seguro de mi amor: ¿lo estais?

—Teneis mucho talento y mucha gracia—dijo riéndose Don Pedro, y abrazando la delgada y flexible cintura de Luisa que se habia parado para despedirse.